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15 de mayo de 2015

La deuda (Oliver's deal)

por Andrés Robles

Si a nosotros, la Europa del supuesto Primer Mundo, esta puñetera crisis y la deuda contraída por los gobiernos nos está provocando unos dolores de cabeza colosales, imaginen vivir la misma coyuntura en un país con menor grado de desarrollo y una diferencia extrema entre ricos y pobres. Con ese telón de fondo y Perú como localización principal, el primerizo Barney Elliott escribe y dirige La deuda (Oliver's deal).

Compitiendo en la sección oficial del Festival de Málaga, donde ha logrado dos galardones - uno discutible (mejor guión) y otro incontestable (mejor actriz de reparto para Elsa Olivero) -, la cinta se plantea como una suerte de Vidas cruzadas aunque lo lineal de su desarrollo y la primacía del personaje que le da título parezca querer desmentirlo. Tres relatos paralelos que acaban por converger y que nos muestran a un campesino que se niega a vender sus tierras a pesar de las coacciones a las que se ve sometido, una enfermera que sufre dentro y fuera del trabajo las estrecheces del precario sistema sanitario peruano, y un estadounidense obligado a mercadear con esa deuda gubernamental a la que antes aludía para conservar su estatus de yanqui triunfador.


Tales mimbres dan lugar a un solvente drama social con hechuras de thriller político, cuyo principal problema es precisamente ese: adoptar la forma de su vertiente menos interesante. Como intriga sobre los tejemanejes de las altas esferas y el papel de esas entidades financieras que han hecho suyo el modus operandi de las organizaciones mafiosas, la película de Elliott no tiene demasiada chicha y resulta bastante convencional. Por suerte, las dos historias netamente peruanas fortalecen y elevan el conjunto gracias a su emotividad, su gravedad y a la empatía que provocan unos personajes obcecados en nadar a contracorriente. Con ellos el film va encontrando su sitio y acaba dejando un buen sabor de boca.

También suma su apartado interpretativo. Reconozco haberme sorprendido con Stephen Dorff, actor al que le había perdido la pista hace bastante tiempo sin que hasta aquel momento me hubiera parecido gran cosa, y que aquí defiende de manera más que convincente su papel de "hijoputa-codicioso-con-corazoncito". Igualmente satisfactorio es el trabajo de Alberto Ammann, bisagra entre dos mundos, y Carlos Bardem, elección casi obligada cuando hay que poner en pantalla un hampón latino. Pero es nuevamente con los dos protagonistas peruanos, Amiel Cayo y la premiada Olivero, donde se alcanza un nivel superior. Ambos, ya digo, se benefician de tener los arcos argumentales más interesantes y no desperdician la oportunidad, logrando captar la atención de uno con golpes de maestría de esos que logran permanecer en la retina. Lo mismo que ocurre por cierto con el niño Marco Antonio Ramírez.

Posiblemente Oliver's deal tenga un corto recorrido comercial pero no estaría de más que le echaran un vistazo. No es para nada una película redonda y podría haber sido mucho más efectiva al mostrar los engranajes del poder. Sin embargo suple esta carencia hablando de sus consecuencias en los más desfavorecidos de manera cercana, certera y por momentos cruda. "Las deudas deben ser pagadas. Así es como funciona el mundo" dice Oliver, el personaje de Stephen Dorff, en un momento dado. Y nosotros, los de abajo, viéndolas venir...
  • La deuda (Oliver's deal)

  • Título original:
    La deuda (Oliver's deal)

  • Dirección:
    La deuda (Oliver's deal)

  • Año de producción:
    2015

  • Nacionalidad:
    USA, España

  • Duración:
    90

  • Género:
    Drama

  • Fecha de estreno en España:
    2015-05-15

Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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