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26 de junio de 2013

Hitchcock: falso culpable

por José Manuel Albelda


Reconozco que nunca he sentido empatía por el género del biopic cinematográfico. A excepción de El hombre de las mil caras (Joseph Pevney, 1957), intensa recapitulación en clave psicológica de las proezas camaleónicas de Lon Chaney, y de Ed Wood (Tim Burton, 1994), que reivindicaba la serie z con impúdico desparpajo, las reconstrucciones cinéfilas de rodajes ilustres como RKO 281 (Benjamin Ross, 1999) o Mi semana con Marilyn (Simon Curtis, 2011), o lo que es lo mismo, Ciudadano Kane y El Príncipe y la corista, me aburren.

Yo creo que a los grandes cineastas y a sus obras maestras (incluidos John Huston y su Reina de África en la valiente revisión que hizo Eastwood en Corazón blanco, cazador negro) no les sienta nada bien que otro director, por brillante que sea, diseccione sus intimidades creativas.

Si, para colmo, la disección se realiza con impericia, convendrán conmigo en que las consecuencias de la cirugía tienen que ser inevitablemente graves.


Es el caso de la reciente Hitchcock (Sacha Gervasi, 2013), donde nos hallamos ante un naufragio argumental, porque no hay en ella nada que el espectador, incluso el más despistado, no sepa ya de antemano sobre el mago del suspense. Menos aún está destinada esta película a cinéfilos contumaces, amantes de la letra pequeña. Entonces, ¿a quién está dirigida esta cinta descafeinada que rememora con urgencia de sospechoso a la fuga cómo fue la gestación de Psicosis, la más siniestra película de sir Alfred? Digámoslo claro: se puede saber más sobre el Hitch real con sólo ojear la contraportada de la imprescindible biografía de Spoto La cara oculta del genio que deglutiendo los insípidos 98 minutos que dura la cinta de Gervasi...

Bien pensado, el problema no está en que Gervasi haya errado el tiro al intentar aprehender la figura de Hitchcock, menos escurridiza de lo que parece, o en que su acercamiento haya sido superficial: el fallo está en el género en sí, en la elección del biopic cinematográfico, una pirueta estilística que supone el abordaje del “cine dentro del cine”, artimaña resbaladiza y mortal en tanto ésta se aleja de la ficción para adentrarse en el terreno del falso documental, y viceversa. Observemos, por el contrario, La noche americana de Truffaut o Lo importante es amar de Zulawski: ¿por qué funcionan como un reloj, siendo ambas perfectos ejemplos de “cine dentro del cine”? Muy sencillo: porque sus argumentos son ficción y nada más que ficción. En cambio, las otras cintas, los acercamientos de cineasta a cineasta como el de Gervasi, siempre a medio camino entre lo imaginado y lo historiográfico, acaban siendo artefactos muy vistosos pero poco prácticos: es como si un microbiólogo empleara un telescopio astronómico de 100 millones de dólares para observar mejor las criaturas diminutas que reposan sobre su platina de trabajo. Vamos, un bienintencionado disparate.


El Hitchcock de Gervasi no empieza bien, por mucho que el director de Anvil! The story of Anvil realice una vuelta de tuerca con leitmotiv incluido que resuena a Pero quién mató a Harry. Y es que Gervasi arranca su película como con coartada: con un crimen a palazo limpio perpetrado por el mismísimo Ed Gein, el nefando Ed Gein, el celebérrimo Ed Gein, como si Gervasi quisiera decirle al espectador: “sé lo que me hago y voy a epatar contigo, sí o sí”. Pero el problema, señor Gervasi, es que a estas alturas la historia de Ed Gein, con 5 Matanzas de Texas entre pecho y espalda de por medio, ya no escandaliza a nadie, ni sirve para explicar la convulsión que en la bien pensante América de finales de los 50, la del final de la inocencia, supuso la irrupción del primer asesino en serie "superstar", aquel que inspirara argumento y gloria a un Bloch que alumbraría su más preciado objeto literario: objeto de deseo, al menos para Hitch, el hombre que no amaba a todas las mujeres sino sólo a la vertiginosa Madeleine.

Y hablando de Madeleines, o más bien, de Marion (Janet Leight) y de Lila Crane (Vera Miles), ¡pobres, respectivas Scarlett Johansson y Jessica Biel, discretísimas aquí, en el Hitchcock de Gervasi, y desaprovechadas, más secundarias que nunca, muy, muy accesorias, tan poquita cosa, tan intercambiables la una por la otra! Por no hablar de ese muñeco de Grand Guignol que transita por toda la trama, a saber, el héroe, Hitch, Anthony Hopkins, Hopkins desencadenado, Hopkins emboscado bajo su funda de látex y encantado de sobreactuarse a sí mismo. Sólo la siempre eficaz Hellen Mirren, esfinge impoluta, resuelve su papel con la contundencia de una apisonadora que arrolla a cualquier interlocutor válido en cada frase de diálogo. Aunque, por otra parte: ¿hay quién se crea que en verdad era así la pobre Alma, la triste Alma Reville?

Gervasi amaga durante toda la película en su lista de acusaciones dirigidas al mago del suspense, pero no llega a hincar su estocada: Hitchcock enemigo de las rubias, pero menos. Hitchcock obsesionado por las aristas del Mal, pero no mucho. Hitchcock genial cineasta, aunque quizá no tanto. Hitchcock ambiguo, en todo caso, pero sin ningún interés; como mucho, Hitchcock falso culpable.

De verdad, señor Gervasi: ¿qué le hizo Hitchcock para merecer esto?
  • Hitchcock

  • Título original:
    Hitchcock

  • Dirección:
    Hitchcock

  • Año de producción:
    2012

  • Nacionalidad:
    USA

  • Duración:
    98

  • Género:
    Biopic

  • Fecha de estreno en España:
    2013-02-01

José Manuel Albelda

José Manuel Albelda nació en Madrid en el año del estreno de THX1138, "Muerte en Venecia y La naranja mecánica. Es periodista y está especializado en la dirección de documentales y reportajes de largo formato. Ha presentado y dirigido programas radiofónicos de crítica de cine y disecciona la Historia del Séptimo Arte en decenas de rebanadas dentro del blog La vuelta al cine en diez películas.

Ha impartido cursos y masters en varias universidades de Madrid y actualmente es miembro de la Academia de Televisión. Ha escrito, dirigido y estrenado un par de obras de teatro, El casting y La película de tu vida, y desde 2001 (es casualidad la fecha, coincidente con el nombre de su película favorita) compone bandas sonoras para cortos y cabeceras de televisión. Actualmente está escribiendo una novela titulada El paciente cinéfilo.

Kubrick, Wenders, Tarkovski, Ozu, Kurosawa, Dreyer, Truffaut, Hitchcock, Ford y Lang, le han enseñado a desconfiar de la impostura en el Séptimo Arte y a discriminar la paja del grano.

Ama el sonido de su Fender Stratocaster casi con la misma intensidad que La palabra, Los siete samuráis y La delgada línea roja.

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