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23 de marzo de 2013

Dune (ojalá que todos los proyectos fallidos salieran como éste)

por José Manuel Albelda


Si, al azar, se preguntara por Dune (David Lynch, 1984) a un crítico al uso, a un crítico “mainstream” que no tuviese la costumbre de empatizar con esa causa perdida que es la adaptación de ciencia ficción literaria a la gran pantalla, con toda probabilidad los calificativos más recurrentes que obtendríamos serían: "malograda, autocomplaciente y deslavazada". En ese orden: malograda, autocomplaciente y deslavazada.

Así las cosas...

Desengañémonos de una vez: Dune no gustó entonces, en el año de su estreno, ni a los críticos ni al público; no gusta ahora, cuando ha llovido lo suyo dentro y fuera del género fantástico; y, previsiblemente, tampoco gustará en el futuro, cuando los fremen y los navegantes de Lynch sean recordados en las escuelas de cine de mediados del siglo XXI como anécdotas, o peor, como exóticas anomalías dentro de la intrahistoria "pulp" del Séptimo Árte.

Sin embargo -y aún a riesgo de meterme en un frondoso jardín del que me resulte difícil salir- he de confesar que a mí me encanta Dune. Más aún: creo que Dune es una gran película fallida: incuestionablemente fallida, todo lo que ustedes quieran, pero también una película muy grande. Porque yo creo que hay películas imperfectas, desviadas, que se vuelven enormes y hasta legendarias si se las sabe mirar con perspectiva; lo mismo que creo que hay películas que fueron perfectas y magníficas en su día pero que después, con el paso del tiempo, a fuerza de ser míticas, se desfasaron y terminaron encogiendo, volviéndose pequeñas, pequeñitas, tan insignificantes que por mucho que se acerque uno a ellas con la mejor de las intenciones, apenas se perciben sus cualidades en el presente. Me viene ahora a la cabeza, no entiendo por qué -¡endemoniado capricho del juicio mío!- la imagen de Bertolucci.

Siempre me he sentido cómodo con Dune: trece añitos recién cumplidos tenía yo el día de su estreno, una tarde ya anochecida de abril del 84 donde, dentro del memorable cine Coliseum de la Gran Vía madrileña, me catapulté hacia un firmamento de ocres galácticos. Curioso. Siempre se me queda grabado en la memoria el primer encuentro con aquellas obras de arte que a mis ojos son verdaderamente únicas, por precarias o aberrantes que parezcan éstas ante los ojos de los otros. Ay, ¡ay!: que es Dune un extravío muy loco, lo admito; pero, al fin y al cabo, así es como es toda Ley de Lynch, tumultuosa e imprevisible.


El Dune que yo amo no podría existir sin Lynch aunque el Lynch que yo amo sí podría existir sin Dune. Aunque a la postre se hayan convertido, uno y otro, en indisociables. De hecho -y esto lo sabemos por el propio Lynch, que lo ha relatado- el rodaje de Dune acabó casi con la salud y la credibilidad de nuestro queridísimo autor: a mí me parece que este reniego del creador de Inland Empire es una exageración deliberada del propio Lynch, el cual, como es bien sabido, es un inventor de pesadillas muy propenso a la hipérbole. Porque el Dune de Herbert no era más inadaptable que El corazón de las tinieblas de Conrad, pero la cosa se torció en ambas traslaciones, los presupuestos se desbordaron y las leyendas cinéfilas lo hipertrofiaron todo. "¡De Dune -diría después Lynch- ni el polvo del desierto!". Lo mismo, lo mismo, lo mismo que en Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979): corazones en tinieblas, más negros que el betún. Pero la sangre no llegaría al río a pesar de todo: fíjense ustedes en lo relajados que pastan hoy los Coppolas y los Lynch por los aledaños de sus respectivos cortijos crepusculares. En cualquier caso, las comparaciones son pertinentes porque ni Dune ni Apocalypse Now se parecen a ninguna otra obra artística, seguramente porque sus gestaciones y alumbramientos respectivos fueron verdaderamente pavorosos. Eso es lo que quiero decir cuando digo que Dune es una aberración dotada de singularidad.

No es poco esto.

De Dune, hoy, me fascina su feísmo deliberado, la brusquedad de los maquetones artesanales, las transparencias, las trucas, las miniaturas de mi admirado Emilio Ruiz; me amedrantan aquellas criaturas abominables de Rambaldi, artefactos primigenios dotados, paradójicamente, de pavorosa credibilidad; y me hipnotizan las palpitaciones surrealistas de Dune, esto es, de Arrakis, sus desiertos, su ausencia de agua, sus pruebas iniciáticas, sus leyes ancestrales no escritas, así como la crueldad omnipresente que impera en este intrincado universo poblado por clanes, Atreides o Harkonen, familias mutuamente aborrecidas por irreconciliables cuitas, ásperos destinos atrapados en tálamos de fatalidad; de Dune me subyuga la que es, probablemente, una de las bandas sonoras más infravaloradas de la historia: como músico, les reconozco que me dejaría torturar a ritmo de "baliset" con tal de haber tenido alguna vez la inspiración de componer un leitmotiv como el que alumbraron los miembros del grupo Toto, esa frasecita musical de cuatro sencillas notas, pausadas, siniestras, viscosas, la melodía que tanta densidad otorgaría a toda la cinta (por no hablar de la impagable colaboración del maestro Brian Eno, que ahí, ahí, escondidito, como si tal cosa, compuso para el soundtrack uno de los temas instrumentales más sugestivos de toda su carrera).


De Dune me interesa su reparto, tan heteróclito como multicolor, un abanico de nacionalidades dispares pero que funciona con inaudita sincronía: José Ferrer, la Mangano, Francesca Annis, Linda Hunt, el inefable Sting, Jurgën Prochnow, Freddy Jones, MacLachlan, Dourif, Sean Young... ¿Se puede pedir más en menos espacio exterior? De Dune me atañe, como si fuera una amenaza cernida específicamente sobre mí, toda la insania de sus detalles: sus amplificadores de dolor, sus cajas negras de inducción nerviosa y su Gom Jabbar, sus reverendas madres, sus profecías, sus destiltrajes, las cápsulas de los navegantes, los venenos múltiples, el Agua de la Vida y, ¡cómo olvidarla!, su Especia, el magma orgánico de Arrakis, la milagrosa melange que expande la consciencia y extiende la vida.

Toda la estética es deliberadamente retro en Dune y esa particularidad valiente y pionera de la dirección artística, en su día incomprendida, desde entonces ha sido repetida hasta la náusea en cintas posteriores como Brazil (Terry Gilliam, 1985), Hellboy (Guillermo del Toro, 2004), Sky Captain y el Mundo del Mañana (Kerry Conran, 2004), Las crónicas de Riddick (David Twohy, 2004) o Iron Sky (Timo Vuorensola, 2012). Podía continuar citando centenares de referencias sobrevenidas, pero no viene al caso.

Religión, mística, ecología y mesianismo sociológico se fusionan dentro de Dune en una amalgama desigual, arbitraria y excesiva. Porque, en definitiva, el Dune de Lynch no es sino un destilado tóxico de lo mejor y lo peor del primer volumen de la saga de Frank Herbert. Dicho esto, aún amputado su metraje y pervertida su complejidad narrativa por exigencias de la producción y la distribución de la cinta, el Dune de Lynch me parece casi tan fascinante en regusto artístico como el Dune de Herbert. Lo que le sobra al film, épica simplona, maniqueísmo reduccionista y síntesis innecesaria, es evidente; lo que le falta, también: abundamiento en tramas subterráneas, profundidad y cierta contención dentro de su cosmología mórbida.

Sin embargo, aun sabiendo estas y otras muchas particularidades que omito por piedad, ojalá que todos los naufragios fueran como éste de Dune: que todas las naves, aún desvencijadas después de la tempestad, aún en tierra y aún varadas tras su despojo, quedaran como vestigio de lo que pudo ser y no fue. Para mí es más que suficiente.

  • Dune

  • Título original:
    Dune

  • Dirección:
    Dune

  • Año de producción:
    1984

  • Nacionalidad:
    USA

  • Duración:
    145

  • Género:
    Ciencia-ficción

  • Fecha de estreno en España:
    1985-03-04

José Manuel Albelda

José Manuel Albelda nació en Madrid en el año del estreno de THX1138, "Muerte en Venecia y La naranja mecánica. Es periodista y está especializado en la dirección de documentales y reportajes de largo formato. Ha presentado y dirigido programas radiofónicos de crítica de cine y disecciona la Historia del Séptimo Arte en decenas de rebanadas dentro del blog La vuelta al cine en diez películas.

Ha impartido cursos y masters en varias universidades de Madrid y actualmente es miembro de la Academia de Televisión. Ha escrito, dirigido y estrenado un par de obras de teatro, El casting y La película de tu vida, y desde 2001 (es casualidad la fecha, coincidente con el nombre de su película favorita) compone bandas sonoras para cortos y cabeceras de televisión. Actualmente está escribiendo una novela titulada El paciente cinéfilo.

Kubrick, Wenders, Tarkovski, Ozu, Kurosawa, Dreyer, Truffaut, Hitchcock, Ford y Lang, le han enseñado a desconfiar de la impostura en el Séptimo Arte y a discriminar la paja del grano.

Ama el sonido de su Fender Stratocaster casi con la misma intensidad que La palabra, Los siete samuráis y La delgada línea roja.

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