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24 de mayo de 2013

Doctor Ehrlich's Magic Bullet

por Valentín Carrera


La curiosidad suele ser mayor que la capacidad de asimilación, creo yo. La curiosidad lleva, también, a un permanente estado de insatisfacción, a mí al menos, que me desasosiega un poco. Una sensación que cuanto más conoces muchas más cosas quedan por conocer. Y, aunque sólo sea por cálculo de probabilidades, son muchísimas las cosas interesantes que te quedan por descubrir. Muchísimas más de las que ya conoces.

En el caso del cine, esa realidad, al menos en mi caso, es inabarcable. Pero tiene una divina contraprestación. La posibilidad de encontrarse con grandes películas de las que no había tenido noticia. Es un placer difícilmente explicable el que experimento cuando me siento de una película desconocida y descubro 90 minutos de intenso disfrute. La última vez que he vivido esta sensación fue hace dos o tres semanas, cuando me puse delante de la tele de casa para descubrir Doctor Ehrlich's Magic Bullet.

Como tantas veces, la primera referencia me llegó a través de José Manuel Albelda, hace ya unos cuantos meses. Pero ambos nos encontrábamos con la dificultad de no poder verla porque sólo habíamos tenido acceso a una copia en versión original. Tardamos en encontrar unos rótulos en español que encajasen. Pero, por fin, llegó el gran momento. Y no defraudó, en absoluto.

Doctor Ehrlich's Magic Bullet es una de esas películas brillantes en el dibujo de los personajes. En un par de minutos estamos perfectamente situados ante los principales protagonistas. El propio Ehrlich, su mujer, su fiel amigo Von Behring y el director de la clínica donde trabaja Paul Ehrlich. Con un par de trazos nos han delineado las relaciones entre ellos y han construido el andamio que sostendrá todo el relato posterior.


Hablo en plural porque para este ejercicio se han puesto de acuerdo tres cerebros especialmente dotados para esto de contar historias en imágenes. William Dieterle tras la cámara, mucho más que uno de los más reputados artesanos del Hollywood clásico; Heinz Herald, desaprovechado hacedor de guiones biográficos; y John Huston, en mi opinión, mejor guionista que director, sobre todo cuando deja sus textos en manos de terceros, como es el caso. Entre los tres, estructuran un relato de poco más de hora y media en torno a uno de los médicos más importantes de la primera mitad del siglo pasado.

Paul Ehrlich fue un investigador tan tenaz como exitoso, en buena parte gracias a sus planteamientos originales. Siendo dermatólogo llegó al laboratorio aplicando los conocimientos de su especialidad y gracias a una pasión sin límites que le llevó a conocer a Robert Koch y trabajar con él con plena libertad. Cada éxito, según distintas notas biográficas, le impulsaba a buscar nuevos retos y no cejar hasta dar con la cura. Una perseverancia que queda reflejada en la película durante las pruebas para hallar un tratamiento para la sífilis.

Para dar vida al Premio Nobel de Medicina no se me ocurre mejor opción que la que encontramos en la cinta. Edward G. Robinson es uno de los actores más polivalentes que se ha visto en el cine, aunque la inmensa mayoría de los espectadores siguen pensando en el como el gran gangster. Siempre he tenido una cierta debilidad por él, tal vez porque era uno de los actores favoritos de mi abuelo, pero lo cierto es que esa debilidad se ha ido convirtiendo en casi veneración a medida que he ido descubriendo nuevas facetas en su carrera. Tanto es así que las pelis que menos me gustan de Robinson son las de gangsters.

Adoro las que hizo con Fritz Lang (La mujer del cuadro o Perversidad), adoro sus comedias, adoro sus trabajos finales como El premio (de nuevo como ganador del Nobel) o El rey del juego (en un magistral duelo con Steve MacQueen) o Los diez mandamientos, adoro sus cintas de terror como Noche de pesadilla, La casa roja o Mil ojos tiene la noche y adoro sus papeles de hombre normal (o no tan normal) como Perdición, Odio entre hermanos o El extraño.


Pero, aunque el peso de la película descansa sobre Robinson, da gusto ir descubriendo rostros conocidos a los que, a veces, nos cuesta poner nombre. Está Donald Crisp, está Otto Kruger, está Louis Calhern y está Donald Meek, ese hombrecillo siempre correcto, siempre imprescindible para completar una obra redonda. Ahí está otro de los valores de esta Doctor Ehrlich's Magic Bullet, en la arquitectura que completa el andamio. Ese valor que tantas veces se descuida en el cine, sobre todo en el cine actual, el de que una historia no es sólo cosa de los actores principales. Todos son imprescindibles si queremos redondear el conjunto.

El blanco y negro tiene un halo permanente que le da un aspecto cargado, tal vez fruto del puro que Paul Ehrlich siempre tenía en las manos. Ese gusto por los detalles, aparentemente banales. Un ambiente cargado que se redondea con decorados ligeramente opresivos, propios de los espacios limitados de los laboratorios y las casas de la época. Todo parece muy encima de Ehrlich y a ello contribuye que no haya más que un par de planos en exteriores. Sólo la sala de juicios de las escenas finales es un poco más amplia y relaja la sensación cerrada del conjunto.

Por contra, el conjunto tiene un ritmo de lo más vivo. Tanto en los diálogos, cargados de sentido y de información, como en los silencios, prolongados pero igualmente ilustrativos y necesarios para la narración, pasando por las transiciones aceleradas de los momentos que hacen avanzar la narración aunque no formen parte del cuerpo central del relato (paradigmático el momento de la epidemia de tuberculosis entre los niños de la ciudad).

La sensación, mi sensación, al menos, al finalizar fue la de haberme reencontrado con el buen cine, ese en blanco y negro que tanto nos gusta y con el que tanto disfrutamos. Esa sensación que te deja relajadamente en el sofá, contemplando como la pantalla se va a negro esperando que cojas el mando de la tele para darle nuevas órdenes mientras que tú estás paladeando ese momento sin mover ni un músculo, hipnotizado por lo que acabas de ver. Eso es, también, un indicativo de buen cine, que se ha ido perdiendo.

Bendito el momento en el que descubres una joya del cine, porque nunca es tarde.
  • La bala mágica

  • Título original:
    Dr. Ehrlich's Magic Bullet

  • Dirección:
    Dr. Ehrlich's Magic Bullet

  • Año de producción:
    1940

  • Nacionalidad:
    USA

  • Duración:
    103

  • Género:
    Drama

Valentín Carrera

Desde la República Independiente de El Bierzo me fui a Galicia y he terminado en Madrid. Estudié Periodismo, luego hice Políticas y acabo de terminar un posgrado en Community Manager y Social Media.

Desde hace casi 20 años trabajo en Telemadrid donde empecé de becario y ahora sigo como redactor (entre medias he sido redactor, editor de informativos, redactor jefe y subdirector de informativos y responsable de contenidos para Canal Metro). Me apasiona la tele, el periodismo y la política. Procuro estar al día en nuevas tecnologías, redes sociales y demás.

Hace un par de años que soy vocal de la Junta Directiva de la Academia de Televisión donde he tenido la suerte de participar en la Comisión Organizadora de El Debate de 2011 entre Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba y de dirigir las 2 últimas ceremonias de entrega de los Premios Iris.

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