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28 de enero de 2014

La huella

por Valentín Carrera

Creo que hay dos cosas impagables, indescriptibles, en el cine. Una es ver por primera vez una gran película. Casi nadie olvida las sensaciones que le produjo, el momento en el que la vio, las reacciones que tuvo... Por más veces que veas una obra maestra, nunca volverás a verla como la primera vez. Descubrirás cosas nuevas, sin duda. Ese es parte del valor de una gran obra de arte: permitirte descubrir siempre nuevos elementos, nuevas vertientes, nuevos elementos que se te habían pasado de largo en los visionados anteriores. Pero nunca volverás a verla con la misma mirada virginal que siempre aporta algo diferente y único. La segunda cosa impagable es descubrir una gran película, sin esperártelo. Quiero decir, sin que nadie te haya puesto sobre aviso. Sin que seas consciente, al ponerte ante la pantalla, de que lo que vas a ver es algo grande. Eso de sentarte y que cuando acabe la cinta no te puedas levantar y quieras que vuelva a empezar la proyección.

Sobre ambas cosas podría hablar en el caso de la peli que hoy nos ocupa. Debíamos andar por el año 87 u 88, en verano, y yo me asomaba a todos los videoclubs que podía en busca de más películas para ver. La oferta de TVE, por entonces la única tele en España salvo algunas autonómicas, no era suficiente para saciar mis ansias de aquellos años. Ansias que me llevaban a ver tres y cuatro películas diarias durante los meses de verano. En uno de ellos, una tarde, me encontré con una cinta titulada El Detective de la que no había oído hablar. Y fíjate tú que tenía entre sus protagonistas a Lawrence Olivier y a Michael Caine, y su director era Joseph Leo Mankiewicz. Vamos, que había suficientes alicientes como para llevármela para casa.

Y eso hice. Ya por la noche, madrugada más bien. Con mis padres y mi hermano encamados, como solía ocurrir y sobrepasada la medianoche, le di trabajo al VHS de casa. La copia no era muy buena, la verdad. Deficiente en imagen y con la pista de audio más bien cascada, a lo que había que añadir un doblaje hispano que me traía las voces de Goofy y compañía a los oídos. Pero a aquel primer visionado le siguieron otros dos casi consecutivos antes de devolver, no sin antes hacerme una copia de VHS a VHS. Algo que sólo hacía con las cintas que verdaderamente consideraba dignas de conservar y volver a ver. Por entonces, comprar una cinta virgen de VHS era casi un lujo y había que medir muy bien lo que se grababa.

Para que te hagas una idea de a donde llegó mi pasión por esta película, me pasé íntegro el audio a unas cintas TDK para poder escuchar los diálogos en el coche y en el walkman. (He de decir que esto sólo lo hice con dos películas. Con ésta y con El hombre tranquilo. Y esas cintas las conservé hasta hace sólo un par de años). Quiere ello decir que llegue a saberme de memoria todos los diálogos y los giros y particularidades de aquel doblaje tan pintoresco. Tan es así que, a día de hoy, cuando vuelvo a ver la película, ya con su doblaje en español tradicional, en mi cabeza siguen sonando aquellas palabras y expresiones del otro lado del Atlántico.

Con el paso de los años, y convertida ya en una de las películas a las que más horas había dedicado en mi todavía corta vida de cinéfilo aficionado, descubrí que estaba viviendo en un engaño. Que aquella película de la que yo hablaba no existía para nadie más, al menos en España. Y, sin embargo, existía una película de Mankiewicz de la que yo lo desconocía todo. Una película que era, además, su testamento cinematográfico. Puesto sobre la pista, descubrí que nada era lo que parecía. Yo sí conocía ese testamento cinematográfico del autor de Eva al desnudo, La Condesa descalza, Cleopatra, Julio César, Operación Cicerón, De repente, el último verano, Odio entre hermanos o El Castillo de Dragonwyck, pero bajo otro nombre y con otro doblaje.

El Detective había sido estrenada en España como La huella y tenía otro doblaje y provenía de una obra de teatro firmada por Anthony Shaffer que había sido estrenada en España en 1970 en el Teatro Club de Madrid.



No era nada inusual que Mankiewicz recurriese a obras de teatro o novelas para preparar su guiones. Pero nadie, viendo sus películas, pensaría que estamos ante teatro filmado. Si alguien ha sabido sacarle partido al teatro llevado al cine, ese ha sido Joseph Leo Mankiewicz. Sin duda. En este caso, también. Y lo hace con dos recursos igualmente ingeniosos. Por una parte, resitúa varias escenas en otros marcos con una justificación tan sencilla que no te lo tienes que parar a pensar. Por otra parte, le da tantas vueltas a los escenarios principales, cambia el eje de las cámaras tantas veces y nos ofrece tantas perspectivas diferentes, que tenemos la sensación de estar en muchísimos escenarios diferentes. Sólo cuando revisamos la cinta una y mil veces, nos vamos dando cuenta de que hemos visto lo mismo desde muchas perspectivas. Aún más, nos damos cuenta de la gran cantidad de ángulos de visión que puede llegar a tener un simple salón, o un despacho y hasta un cuarto trastero.

Pero si hay algo fundamental en La huella eso son los diálogos y las creaciones que los actores hacen de los personajes. En este caso, el peso recae sobre Lawrence Olivier, Michael Caine y Alec Cawthorne. Los tres desplegando una variedad de matices realmente apabullante (recomendable verla en versión original). Tanto con la voz, como con la gestualidad. Igual cuando se les ve que cuando sólo se les oye. Da lo mismo que estén en un primerísimo primer plano o en uno general. Estos colosos sostienen todas y cada una de las escenas. Pero ojo porque en La huella, casi nada es lo que parece. Y la multitud de personajes inanimados que pueblan todas y cada una de las escenas tienen un peso igualmente relevante. El Jovial Jack se lleva la palma en este capítulo pero ojo con la bailarina. Y ¿qué decir de todos y cada uno de los juegos? Nada es aleatorio, nada es superfluo, nada es innecesario. Casi como todas y cada una de las palabras que se pronuncian a lo largo de las 2 horas y 18 minutos de película. Todas tienen su por qué, su misión, su labor.

No podría ser de otra manera en una obra que profundiza en la propia condición humana. Sí, es cierto que utiliza como escusa las novelas policíacas y la intriga. Pero eso es sólo el castigo, la penalización. La condición humana es el verdadero juego. Ese al que Shaffer y Mankiewicz nos invitan y al que no nos resistimos porque ni siquiera nos damos cuenta de que nos han metido en ello. Y ojo porque hablamos de la condición humana con mayúsculas. Hablamos de las relaciones de amistad y de pareja. Hablamos de la sinceridad y del engaño. De la impostura y de la transparencia. Hablamos de los deseos incontrolables y del control de las emociones. Del perdón y la venganza. De los grupos y la individualidad. Del éxito y del fracaso. De las raíces y la inmigración. Hablamos de casi todo lo que se puede hablar cuando hablamos del ser humano. Y al final tenemos la sensación de que hemos asistido a un gran juego con final incierto.

No deja de ser curioso que esta pequeña maravilla se viese arrollada por una cinta tan mastodóntica y monumental como El Padrino, en lo que a premios se refiere. Bueno, no sólo. En realidad, casi todo el mundo ha oído hablar de El Padrino aunque no le guste demasiado el cine. Y no son tantas las personas que han oído hablar de La huella. Ni Lawrence Olivier ni Michael Caine tuvieron opciones ante un excesivo Marlon Brandon en los Oscars. Y Joseph Leo Mankiewicz no pudo ampliar su catálogo de premios de la Academia como mejor director (ya lo había conseguido con Carta a tres esposas y Eva al desnudo, tanto por la dirección como por el guión original) porque Francis Ford Coppola se lo impidió.

Pero si yo tuviese que llevarme una de las dos películas a una isla desierta, creo que me llevaría La huella. No digo que sea mejor o que haya aportado más a la historia del cine que la de la mafia. Pero sí sé que, en lo personal, me ha dado muchas más satisfacciones. Todo en ella es sublime, sin matices. No sólo el guión que Mankiewicz dejó completamente en manos del propio Anthony Shaffer, en contra de lo que solía ser su costumbre. También la música de John Addison. Un autor que podría haber pasado a la historia del cine cuando Alfred Hitchcock recurrió a él para hacer la música de Cortina rasgada, toda vez que el orondo londinense había roto una fructífera relación de años con Bernard Herrmann. Pero Addison no es especialmente recordado por sus músicas. Aunque él insistía en que se le daba mejor componer para el cine que hacer partituras clásicas. En todo caso, la música de La huella está muy a la altura, y merecer ser escuchada por si misma y subrayando las escenas de la película. Es bien cierto que hay canciones bien conocidas incluidas en la película y que hay momentos de absoluto silencio en la cinta con mucha más potencia, sin necesidad del subrayado musical. Y es que nada es monolítico, de una pieza o previsible en La huella. Cuando crees que sabes por dónde vas, te encuentras en un lugar completamente diferente. Cuando crees tener claro por dónde va a tirar cada personaje, te encuentras con una reacción completamente inesperada. Y cuando crees saber cuál es el final, te quedas con una incierta desazón. La que te dejan los finales abiertos.

Por eso, me permito cerrar este comentario con una observación y dos recomendaciones. Empezando por el final, no pierdas la ocasión de ver La huella y no le vayas a contar a nadie el final, una vez que la hayas visto. Y la observación es que he podido pasar de las 1.700 palabras sin hacer ningún spoiler. Seguro que tú también eres capaz cuando hables de La huella después de haberla visto. Pero no todo el mundo tiene la misma sensibilidad. Ten cuidado con lo que lees, antes de verla.
  • La huella

  • Título original:
    Sleuth

  • Dirección:
    Sleuth

  • Año de producción:
    1972

  • Nacionalidad:
    Reino Unido

  • Duración:
    138

  • Género:
    Thriller, intriga

Valentín Carrera

Desde la República Independiente de El Bierzo me fui a Galicia y he terminado en Madrid. Estudié Periodismo, luego hice Políticas y acabo de terminar un posgrado en Community Manager y Social Media.

Desde hace casi 20 años trabajo en Telemadrid donde empecé de becario y ahora sigo como redactor (entre medias he sido redactor, editor de informativos, redactor jefe y subdirector de informativos y responsable de contenidos para Canal Metro). Me apasiona la tele, el periodismo y la política. Procuro estar al día en nuevas tecnologías, redes sociales y demás.

Hace un par de años que soy vocal de la Junta Directiva de la Academia de Televisión donde he tenido la suerte de participar en la Comisión Organizadora de El Debate de 2011 entre Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba y de dirigir las 2 últimas ceremonias de entrega de los Premios Iris.

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