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14 de junio de 2013

Le trou: la obra maestra de Jacques Becker

por Juan Carlos Vizcaíno


Una breve indicación del actor Jean Keraudy -que interpreta a Roland en la película, un personaje que vivió en carne propia- nos indica con extraña cercanía que los hechos que vamos a contemplar son reales y sucedieron en la cárcel francesa de la Santé en 1949. Esa aviso -rodado con una extrañeza basada en la sinceridad- predispone a la implicación del espectador en los hechos que nos va a contar Jacques Becker en la que supondría su último film -a raíz de su inesperado fallecimiento tuvo que culminar algunos detalles de postproducción su hijo, el posterior realizador Jean Becker-. Y personalmente creo que Le trou (1960) -La evasión en España-, constituye un inesperado testamento y la obra maestra del que considero uno de los más grandes realizadores de la cinematografía gala. Dentro del conjunto de una filmografía caracterizada por su alto nivel y, muy especialmente, su destreza técnica y hondura temática y ética dentro de una trayectoria que se implicó con diversos géneros populares, Le trou supone un auténtico canto a la amistad y la lealtad, para lo que se contó con la base de una novela de Jose Giovanni -muy pronto habitual al ser adaptado para películas del cine polar francés y que incluso desarrolló una andadura como director-. Giovanni relató una historia que le era igualmente muy próxima, puesto que participó en esta huída finalmente frustrada y su persona está representada en Manu, el personaje que encarna Philippe Leroy.

Tras este aviso la película se centra en la llegada de Gaspard (Marc Michel) a una celda en la que conviven cuatro reclusos -los ya mencionados Manu y Roland, Géo (Michel Constantin) y Monseigneur (Raimond Meunier). De forma rápida el espectador advertirá que Gaspard tiene unos rasgos bien diferentes al de sus cuatro nuevos compañeros. Se caracteriza por sus modales más aparentemente sensibles, aspecto más cuidado y una mirada temerosa. Sus compañeros son aparentemente más brutos pero muy pronto se revelan de gran nobleza. Tras unos instantes de duda ellos deciden contarle al nuevo compañero el plan que han decidido acometer para huir de la prisión, no sin antes preguntarle por las causas por las que se encuentra encerrado -ha sido acusado por su esposa de haber intentado un homicidio frustrado; en realidad todo se dirime en la infidelidad que le ha provocado con su hermana menor y el substrato de ser un mantenido de su cónyuge-.

Cuando el espectador se encuentra un tanto sorprendido por las escasas posibilidades que observa de huir de una cárcel contundentemente vigilada, la película despliega un giro sorprendente y logra -como muy pocas veces he sentido en el cine- que el espectador en todo momento sea un personaje más en el proceso que está a punto de lograr la huída (en este caso sería más propio señalar un “reencuentro con la libertad”) de estos cinco reclusos. Con tanta deslumbrante facilidad y, en el fondo, una enorme complejidad que en realidad está sedimentada por la sabiduría y entrega con la que todo el equipo del film se entrega en su desarrollo, vemos cómo se desarrolla el inapelable proceso para lograr la huída tan añorada. Jacques Becker sabe extenderse en prácticamente treinta minutos al mostrar el proceso por el que se logra efectuar el orificio de salida de la celda -la fisicidad con que se plantea la labor de sus personajes en unos planos larguísimos que llegan a resultar angustiosos para el espectador; la aparente contradicción que supone el hecho de que se produzca un ruido tremendo para perforar el suelo (precisamente ese fondo estridente dentro de una cárcel que siempre tiene salas en obras es el que permite que no provoquen sospechas), la precisión con la que Roland (ya en el pasado se ha evadido de cárceles) va desarrollando la investigación por los túneles y subsuelo de la cárcel, explicando a Manu en breves comentarios demostrativos -y con él al espectador- los pormenores que van realizando para lograr la localización del lugar en el que desarrollarán el túnel final que los llevará a la libertad.


Esa extensa pero apasionante secuencia -en la que Becker logra atrapar al espectador de la forma más noble posible- hay que destacar -algo extensible a toda la película- la impresionante labor de iluminación de Ghislain Cloquet en la que tanto las sombras, las oscuridades y los escasos puntos de luz tienen su máximo exponente en esos largos planos en los que la oscuridad prácticamente engulle a los dos presos exploradores en sus desplazamientos por los húmedos y fríos túneles del castillo. La lógica y, al mismo tiempo, el esfuerzo de los dos exploradores iniciales -completados en la celda con la ayuda inestimable de los otros tres reclusos que incluso han desarrollado un ingenioso artilugio para poder disimular la ausencia de estos en los camastros ante las guardias de los carceleros-, finalmente llegará a un punto cerca de la desembocadura del desagüe, que se encuentra taponado con cemento armado. A su alrededor se iniciará un túnel de unos tres metros de extensión, en una aventura que parece colosal a ojos de Manu -y también para el espectador-. Cuando hemos llegado a ese punto y nuevamente se atisba la sensación de que el interés de Le trou puede empezar a decaer, la película aplica otro giro en su ritmo, a través del cual Becker monta secuencias más cortas desarrollando el trabajo en equipo de los reclusos, y en las que veremos tanto su ingenio, como capacidad de solidaridad e innegable sentido de la organización. De forma directa, sin coartadas discursivas y siempre atendiendo a la lógica de la acción, con una extraordinaria capacidad de síntesis, una sobriedad deudora del mejor cine francés y una extraordinaria dirección de actores que atiende a miradas pero también al enorme esfuerzo físico que desarrollan todos ellos -el único que se muestra un tanto alejado pese a su implicación en el grupo es Gaspard, quien sin embargo a medida que se va completando el plan se siente transformado e invadido por esa sensación de totalidad en el compañerismo que vive con sus compañeros-, Le trou se distancia de posteriores títulos como el limitado La gran evasión (The Great Escape, 1963. John Sturges) y siempre mantiene a ese espectador como un personaje más, que en algunos momentos -estoy seguro de ello- quisiera implicarse en ese esfuerzo solidario realizado por este grupo de presos.

La obra póstuma de Becker logra ese justo y casi milagroso equilibrio entre lo físico y lo moral, entre el sentimiento que anuda a sus protagonistas, los une y llena de amistad y la facilidad con la que desarrollan una tarea a todas luces titánica. Al mismo tiempo diversas incidencias tendrán lugar en el último tercio de la película. La observación de que el grifo de la celda está a punto de averiarse -con el consiguiente riesgo que tendría en los planes de los reclusos- llevará a llamar a unos fontaneros también internos que les robarán algunas de sus compartidas provisiones. Incluso entre los carceleros existe una extraña anuencia con los reclusos y estos fontaneros regresarán a la celda donde recibirán una paliza, devolviendo lo que han robado. Paralelamente y poco antes de que los planes de huída ya estén a punto de finalizar, Manu le confiesa a Roland que ha decidido no participar en ella para no provocar sufrimientos a su anciana madre, pero que colaborará con ellos hasta el final -haciéndole la advertencia de que no comente la noticia a sus compañeros; pese a todo siente esa sensación de sinceridad de contar sus intenciones a uno de sus compañeros; el que realmente ha planificado la huída-.



En la penúltima secuencia el esfuerzo está a punto de llegar a su feliz término. Manu logra alcanzar con su pico el otro lado del desagüe y junto a Gaspard ambos caminan por las alcantarillas de las calles parisinas hasta alcanzar una salida y contemplar desde una trapa el exterior de la cárcel. Está a punto de amanecer y pasa un taxi en la solitaria calle. Gaspard llega a comentar “podríamos pedir incluso que este taxi parara a recogernos”. Una sensación de libertad compartida se extiende desde la pantalla y nuevamente llega a invadir el sentimiento del espectador por la sinceridad y cercanía de lo que contemplamos. Pese a ello los dos reclusos regresan a la celda para contar la buena nueva y planificar la huída la noche siguiente. El plan parece estar a punto de llegar a su fin. Sin embargo, todos ya hemos tenido un lejano indicio de lo que podría suceder con la intempestiva visita -planificada casi de forma bressoniana- que Gaspard ha tenido por parte de su cuñada y amante y en la que le indica que su mujer está a punto de retirar la denuncia. Este queda dominado en su debilidad e incluso se equivoca de celda -camina hacia la que ocupaba anteriormente y le lleva a un tropiezo con el director-. Cuando ya todo está a punto de llevarse a cabo -incluso con el anuncio de Géo de no escaparse- Gaspard es llamado por el director, quien le anuncia lo que todos intuíamos -la retirada de su denuncia-. Becker no tiene que ser más explícito; un primer plano mostrando la turbación del joven pese a la cercanía de su libertad, que culmina con un fundido. Este regresa al cabo de dos horas provocando las sospechas de sus compañeros, dudas que consigue eliminar aunque en su interior anide al fantasma de la traición. Cuando todos ellos se disponen a llevar a la practica ese plan que se ha forjado a base de amistad, compañerismo y esfuerzo, precisamente la fisura del elemento que menos encajaba en el grupo llevará su ruptura -un impresionante plano que muestra como en el reducidísimo espejo que sirve de periscopio muestra un autentico batallón de vigilantes-. Géo anunciará la mala nueva. Ya solo queda ese antológico final con los reclusos casi desnudos puestos en fila mientras el apesadumbrado traidor -en el fondo también despreciado por los vigilantes de la prisión- recibe esa simple y rotunda sentencia por parte de un Roland de mirada expresiva; “pobre Gaspard”.

Le trou es un film de una riqueza inagotable, una obra que por sí sola marca un punto y aparte en la cinematografía francesa. Un lugar de llegada que quizá no tuvo una continuidad porque era difícil llegar a repetir unas cotas como las alcanzadas, en las que la hondura psicológica de todos sus personajes fuera en consonancia a su sobriedad expositiva, y en diametral oposición a los auténticos tours de force cinematográficos que constantemente nos dosifica Becker con la sabiduría de un maestro -uno de ellos es la enorme complejidad con la que se filman los planos a través del diminuto espejo adosado al cepillo de dientes; la primera vez que contemplamos el procedimiento nos quedamos deslumbrados por la aparente facilidad con que se muestra el encuadre, más adelante ya se nos muestra familiar su recurso-. En su momento Jean-Pierre Melville comentó que la obra póstuma de Jacques Becker era “el más bello film francés”. Se que es una afirmación hecha de forma impetuosa y desde el sincero entusiasmo. Sin embargo la comparto plenamente. Pocos realizadores en el cine tuvieron -en este caso de forma involuntaria- un testamento tan admirable, sentido, directo y al mismo tiempo narrado de forma tan creíble y cercano. Una absoluta obra maestra.
  • La evasión

  • Título original:
    Le trou

  • Dirección:
    Le trou

  • Año de producción:
    1960

  • Nacionalidad:
    Francia

  • Duración:
    113

  • Género:
    Drama

Juan Carlos Vizcaíno

Juan Carlos Vizcaíno (Alicante, 1966) inicia su afición al cine a finales de la década de los setenta, precisamente a través de pases televisivos. Pocos años después su inquietud se prolonga frecuentando las sesiones de la antigua sede de la Filmoteca de Valencia en la c/ Quart, al tiempo que en publicaciones estudiantiles realizaba sus primeros e incipientes escritos sobre la materia.

Sin embargo, no será hasta muchos años después -finales de la década de los noventa-, cuando realmente esa pasión se reconduzca -después de no pocos vaivenes- extendiéndose a diversas plataformas en la red. La primera de ellas, será la colaboración en la web Cinefania -dedicada especialmente al cine fantástico-. Con el paso de los años, participará en otras como Miradas de Cine, o Cinearchivo, creando en septiembre su propio blog Cinema de Perra Gorda, que desde entonces ha sido visitado por millones de aficionados de todo el mundo.

Fruto de esa pasión, en 2007 escribe el libro Proyecciones desde el olvido, editado por el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert de Alicante, dedicado a una serie de títulos del cine clásico hasta entonces -e incluso en algún caso aún ahora- poco tratados. Poco después, colaborará en el programa radiofónico Flashback emitido desde Onda Madrid, participando igualmente en el libro colectivo 100 Miradas de Cine, aportando breves semblanzas de dos de sus cineastas preferidos; Jacques Tourneur y Frank Borzage.

Desde entonces, la actividad divulgativa cinematográfica de Juan Carlos se diversifica, ofreciendo charlas, conferencias y presentaciones de películas, ejerciendo ocasionalmente como jurado, escribiendo diversos cuadernillos en ediciones digitales y, sobre todo, perteneciendo como colaborador de la revista Dirigido por desde septiembre de 2010.

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