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26 de junio de 2014

Tempestad sobre Washington

por Valentín Carrera

Me gustan las películas que tienes que ver varias veces para empezar a apreciarlas en toda su complejidad. Me gusta, a la par que me deja un reposo de cierta incapacidad por mi parte, cuando el cuarto o quinto visionado me descubre otros elementos. Me gusta cuando antes de ver los títulos de créditos finales en el sexto visionado ya estoy planificando el siguiente. Por eso me gusta el cine de Otto Preminger. Sin duda, uno de los directores de más larga, firme, homogénea e interesante carrera en la historia del cine. Uno de los grandes, de verdad.

Hablar de cimas en su carrera me parece aventurado porque si la repasas, te vas encontrando con obras maestras a cada paso, casi hasta el final. Pero sin duda Tempestad sobre Washington está entre las grandes. Y no, como se suele resaltar, porque desmenuce la vida política de Washington, con todas sus miserias, convirtiéndose en el mejor antecedente de la impagable El Ala Oeste de la Casa Blanca. Sí, esta cinta da una lección educativa sobre una buena parte del sistema democrático presidencialista de Estados Unidos que todos deberíamos conocer. Con sus miserias y con sus bondades. Pero el abanico de temas abordados por Preminger es casi inabarcable y, sobre todo, lo hace con esa ausencia de maniqueísmo que caracteriza su cine.

Antes de continuar tengo que advertir que a partir de aquí me voy a dejar arrastrar por la tentación de spoilear sin miramientos. Así que, si todavía no has visto la película, este es el momento de reservarte una tarde tranquila, prepararte una meriendita y disfrutar del mejor cine político, social, humano... Del mejor cine. Y luego vuelves. De aquí no nos vamos a mover.

Claro que la tempestad del título se desata por la propuesta del Presidente de nombrar a Robert A. Leffingwell (inmenso Henry Fonda) como nuevo Secretario de Estado. Y claro que la maquinaria del Washington del título se pone en marcha con ese ritmo frenético que contrasta con los suaves movimientos de cámara y los planos largos con los que Preminger nos va dibujando a los personajes. Pero ahí no está lo fundamental. La clave es todo lo que va saliendo a la luz a raíz de esos compases iniciales.

Descubrimos esa sociedad de sobre entendidos. En la que todo el mundo está al tanto de las apariencias que nos rodean pero disimulan como si el maquillaje fuese la esencia. Esas fiestas de ritos largos, regadas en alcohol en las que los enemigos fraternizan de la forma más diplomática. Gran demostración, por cierto, de la capacidad de los grandes seres humanos para separar nuestras relaciones profesionales, de las sociales, de las humanas, de las personales, de las familiares...


Descubrimos como la vida privada no debería interferir en nuestra vida pública, pero dejamos que se mezclen ambas cosas con un descuido imperdonable. ¿Cuál es el límite que debe sobrepasar el Senador Lafe Smith (sobrio como pocos Peter Lawford) para que se ponga en cuestión su vida de soltero en la capital?

¿Por qué una pareja con sus deberes y obligaciones cumplidas tiene que jugar al despiste y a las puertas traseras para mantener una relación que a nadie perjudica ni altera ni afecta? Por cierto, el relato de esta historia no sería el mismo sin el senador, jefe de la Mayoría, (sobrio, como siempre, Walter Pidgeon) y sin esa Dolly Harrison (encantadora hasta el final Gene Tierney) que ofrece las mejores fiestas de Washington y realiza la más subterránea de las políticas de la capital sin pisar el Capitolio más que de visita.

Descubriremos hasta dónde pudo llegar la obsesión por el anticomunismo en los años 50 y 60 en Estados Unidos y vislumbraremos cuánto pudo enturbiar una sociedad que es mucho más plural (entonces y ahora) de lo que deja ver su sistema de partidos. Pero, sobre todo, nos daremos cuenta de cómo puede retorcer un hecho menor, un error de juventud, o una decisión equivocada, cuando las reglas se estrujan hasta el extremo. Y ojo porque lo hacen unos y otros. No hay más que ver de que forma se destroza a un ser humano en la persona de Herbert Gelman (casi irreconocible el estimable Burgess Meredith) aunque se haga con las mejores palabras y en el tono más amistoso.

Descubrimos que la homosexualidad puede ser un pecado imperdonable. O un lastre de por vida. O una amenaza permanente. Es más. Ni siquiera es necesario ser homosexual, basta con la sospecha de serlo para que tu vida pueda cambiar para siempre. Da lo mismo cuantas cosas hayas hecho bien o muy bien. Es suficiente con que una se salga de esos parámetros para que las consecuencias sean definitivas, dramáticas, trágicas. No se explica de otra forma la forma en la que el optimista Senador Brigham Anderson (muy atinado Don Murray) decide terminar con todo.


Incluso descubrimos como cualquiera puede llegar a presidente de los Estados Unidos. Sólo es necesario haber nacido en los Estados Unidos (esto no se dice en la película pero lo añado como un extra generoso). Puede llegar a presidente incluso alguien que no se siente preparado para ello como el Vicepresidente George Grizzard (sobrecogedor Lew Ayres en su esfuerzo por parecer normal).

Descubrimos que todos podemos mostrar nuestra peor cara llegadas las circunstancias. La conversación del presidente de Estados Unidos (Franchot Tone) con el senador Anderson es una buena muestra de hasta donde pueden llegar las cosas. Y es una demostración de algo que le gustaba mucho a Preminger y que se estila poco. Los seres humanos somos buenos y malos. Casi nunca somos de una pieza. Sólo precisamos que las circunstancias (ambientales y personales) nos den la chispa necesaria para que se desencadene una reacción o la contraria.

En este inmenso relato, Preminger sólo se permite una licencia. La de dibujar un personaje monolítico como el Senador Fred Van Ackerman (realmente repulsivo George Grizzard) sobre el que hace reposar todas las maldades, torpezas y simplezas de las que un ser humano es capaz, sobre todo cuando se aproxima al poder que tanto desea. Nunca sabe dónde está el límite, dónde está su sitio, dónde acaba su vida y empieza la de los demás. Su propia simpleza queda retratada con esa panda de acólitos que le siguen a todas partes sólo para hacer bulto. Esperando sus despóticos gestos de cabeza para actuar o, simplemente, para moverse.

Está claro que el abanico temático de Tempestad sobre Washington es inmenso. Pero me he guardado para el final el elemento determinante. La inteligencia. No la que demuestra Preminger al construir el relato, a eso vamos ahora, sino la que destila el personaje más destacado de la trama. Ese Senador Seabright Cooley que parece recién sacado del Senado romano y no sólo porque vista las hechuras de Charles Laughton en el que, desgraciadamente, fue su testamento cinematográfico. Pocas veces te encontrarás en la pantalla un personaje mejor construido que este. Desde su forma de vestir a su forma de hablar pasando por sus gestos, sus silencios, sus movimientos y sus relaciones con el resto de protagonistas. Es una cumbre que se corona en la última escena de la película con un gesto tan rotundo como poco habitual. Los intereses generales siempre tienen que quedar a salvo. Lo general, lo de todos, siempre debe prevalecer sobre las pequeñas cuentas personales de cada uno. Por mucho que este en juego y por mucho que hayas esperado para cobrártelas.

Sí, sin duda Seabright Cooley es el protagonista real de la película, junto a la propia capital claro. Pero mientras la ciudad es una protagonista silenciosa que se deja mecer por la cámara de Preminger ahora en planos suaves, amplios, descriptivos, ahora en movimientos de grúa o en zooms de aproximación, el Senador Cooley nos deja los mejores discursos y algunas de las mejores reflexiones de la película. Basta con ver la primera escena de la cinta para comprobar que la carga de mensajes reposa en los caídos hombros de este anciano que ha hecho del Capitolio su casa después de 40 años como senador.


Pone Seabright Cooley otra nota distintiva con sus trajes claros y arrugados durante todo el relato. Trajes claros que dotan de color a un cinta rodada en blanco y negro. No cabía otra alternativa en ese año 1962 para retratar la vida política del país. Pero la fotografía de Sam Leavitt es poderosa, cargada de matices y evoluciona de la claridad y la luminosidad del principio a la oscuridad y las sombras del final. Sólo el hemiciclo mantiene el tono. Como queriendo destacar que es el gran mojón inmutable al que asirse en momentos de tempestad.

Como casi siempre, Otto Preminger se apoya en un libro para construir su relato, aunque lo llena de su carga personal. En este caso se trata de una novela de idéntico título que la película en su versión original, Advise and Consent, escrita por Allen Drury y que le valió el Premio Pulitzer en 1960. Drury se había convertido en un notable cronista político antes de dar el paso a la novela y el pulso de este relato da buena cuenta de ambas cualidades.

Y como casi siempre hay que prestar atención a la banda sonora de la película. No sólo porque suene la voz de Frank Sinatra, siempre interesante, no sólo porque Jerry Fielding complete un gran trabajo, sobre todo porque no se puede entender el cine de Preminger sin esa música que se cuela en nuestros oídos sin que nos demos cuenta.

Este repaso sería incompleto si no tuviésemos en cuenta la mano de Saul Bass en los títulos de crédito y en los carteles originales que promocionaban la cinta. Ya le he dedicado algún elogio en este mismo cuaderno pero es que la colaboración entre Bass y Preminger nos ha dejado algunos de los mejores trabajos de la historia del cine. Y es especialmente destacable si tenemos en cuenta que Bass no es sólo un cartelista. Es un diseñador en toda su extensión.

Los años sesenta fueron muy fértiles en lo que al cine político se refiere y abordándolo desde muchas perspectivas: ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, Siete días de mayo, Punto Límite... Pero en ninguna de ellas se abordan tanto elementos como en Tempestad sobre Washington. Es más, como queda dicho, la cinta de Preminger abre el camino, con mucha antelación, al cine político que luego devino en series políticas que han ilustrado a varias generaciones y que han cobrado un peso didáctico impagable. Tal vez por eso, porque con esta película también aprendemos democracia, no podemos dejar pasar la ocasión de echarle un vistazo. Y mucho mejor si es más de uno.
  • Tempestad sobre Washington

  • Título original:
    Advise and Consent

  • Dirección:
    Advise and Consent

  • Año de producción:
    1962

  • Nacionalidad:
    USA

  • Duración:
    139

  • Fecha de estreno en España:
    1962-06-06

Valentín Carrera

Desde la República Independiente de El Bierzo me fui a Galicia y he terminado en Madrid. Estudié Periodismo, luego hice Políticas y acabo de terminar un posgrado en Community Manager y Social Media.

Desde hace casi 20 años trabajo en Telemadrid donde empecé de becario y ahora sigo como redactor (entre medias he sido redactor, editor de informativos, redactor jefe y subdirector de informativos y responsable de contenidos para Canal Metro). Me apasiona la tele, el periodismo y la política. Procuro estar al día en nuevas tecnologías, redes sociales y demás.

Hace un par de años que soy vocal de la Junta Directiva de la Academia de Televisión donde he tenido la suerte de participar en la Comisión Organizadora de El Debate de 2011 entre Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba y de dirigir las 2 últimas ceremonias de entrega de los Premios Iris.

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