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30 de abril de 2014

Traidor en el infierno

por Valentín Carrera

Llegará un día en el que dejemos de ver a Billyy Wilder como el rey de la comedia. Entre tanto, deberemos seguir analizando su cine desde esa premisa hasta que nos demos cuenta de que todas sus películas tienen un hilo conductor básico, el análisis de la condición humana. Ya vimos, al hablar de Uno, dos, tres que tras su aparente simplicidad, las obras del vienés están construidas con gran habilidad. Poco importa que se inspirase en obras de teatro o literarias ajenas. Poco importa que trabajase con Charles Brackett, con I.A.L. Diamond, con Harry Kurnitz, con Raymond Chandler o, como en este caso, con Edwind Blum. Billy Wilder lograba siempre dibujar las interioridades del ser humano con la mano diestra del que tiene acceso a rincones escondidos que todos tenemos.

El pequeño gigante se apoyaba en la comedia para hacernos más digeribles esas autopsias anímicas que nos ofrecía en un par de horas del mejor cine. Y se servía de los géneros, unas veces para utilizarlos, otras para interpretarlos, otras para ampliar sus miras y las más de las veces para darles la vuelta como un calcetín.

Los espectadores menos avezados tendrán en mente la mediocre La vida es bella como la quinta esencia del humor llevada a la dramática convivencia de un campo de concentración alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Otros, algo más avispados, recordarán la muy estimable La gran evasión. Pero unos y otros deberían ver esta Traidor en el infierno para darse cuenta de que casi todo está ya inventado por Wilder.

Estamos pues en el género de las películas de la Segunda Guerra Mundial, subgénero campos de concentración, subgénero sobrevivir a toda costa. Pero siempre utilizando el humor para dar pie a las situaciones más dramáticas y para exponernos las condiciones más adversas a las que se puede enfrentar el ser humano. Un ejercicio como ese que hacían nuestras madres para disimularnos la medicina en medio de un trocito de bizcocho para que no notásemos su mal sabor pero nos hiciese el mismo efecto.


Aquí tenemos un grupo de presos, empeñados en salir de su encierro, en hacerle las cosas muy difíciles a sus carceleros y en tratar de mantener una vida lo más normal posible dentro de las condiciones extremas de su cautiverio. Tenemos a una unidad de nazis absolutamente crueles que recurren a todos los subterfugios y artimañas para mantener bajo control a esos presos. Y tenemos la difícil convivencia de los intereses particulares y los intereses generales dándose de bofetadas como suele ser habitual. Casi siempre, los palos más duros se los llevan los más débiles.

Tenemos al cruel Comandante del campo, al jefe de unidad aparentemente amigable, al jefe de barracón hiper responsable, al preso bromista, al preso eternamente cabreado, al que siempre va a lo suyo, al aristócrata, al tonto del barracón, al bonachón, al que siempre está de buen humor, al correo... Y tenemos dos perfiles imprescindibles, por más despreciables que nos parezcan a casi todos: el chivato y el cínico. Estoy viendo lo difícil que va a ser terminar esta crónica sin hacer spoiler!

En honor a la verdad hay que decir que la obra de teatro de Donald Bevan y Edmund Trzcinski ya contaba con casi todos los elementos esenciales descritos. Pero también hay que considerar cómo encajó Wilder a los actores en esos roles, y cómo les sacó partido. En el caso de Otto Preminger (excelso director que se puso ante las cámaras en una docena de ocasiones) cedió su acento y sus rasgos duros así como su desapego y su dualidad al personaje del Comandante Von Scherbach. Sus palabras son de un contraste brutal con sus acciones. Porque, ojo, hay escenas de una endiablada crueldad en esta película. Pero sin necesidad de violencia gratuita o de sangre gratuita.


En una cinta coral como esta es difícil detenerse en todos los protagonistas, pero merece la pena resaltar algunos elementos. Unos porque nos ofrecen ese contrapunto en situaciones imposibles como las que viven los personajes. Ahí destacan la pareja Harvey Lembeck y Robert Strauss. Este tipo de contrapuntos siempre funcionan mejor de dos en dos. Como ocurre con los dos miembros que reparten el correo entre los barracones. En la misma línea se mueve el personaje del Sargento Bagradian interpretado por Jay Lawrence. En esta ocasión se basta el solito para dar cuerpo al tema, gracias a los múltiples personajes a los que imita.

Pero el triángulo clave descansa entre el Duque, al que da vida Neville Brand, el Sargento Price, jefe de información del barracón, al que pone cara Peter Graves y el foco de todas las iras y envidias, el Sargento Sefton, al que que prestó ademanes, contra su voluntad, William Holden.


Holden no quería el papel. Demasiado cínico, demasiado descreído, demasiado individualista... Demasiado de todo, pensaba. Pero el estudio no le dio opción y completó uno de los mejores papeles de su carrera. Lleno de matices en lo gestual, en lo físico y en lo verbal. Las poderosas facciones de Holden plantan cara a la vida. A una vida cada vez más dura. Y se la terminan partiendo.

Neville Brand cede sus facciones duras a uno de esos personajes permanentemente mal encarados. Que no pueden suavizar el gesto ni para disculparse. Y Peter Graves, todo lo contrario, con su apostura y su belleza completa el perfecto chico bueno que nunca ha roto ni romperá un plato.

En esta película casi todo es así. Por más que disimulemos es todo un juego de imposturas porque todo el mundo sabe perfectamente que incluso las reglas secretas son conocidas por todos. Las fugas están controladas para ser abortadas, la radio rueda por los barracones con la anuencia de los guardianes, las visitas de la Comisión de Derechos Humanos de Ginebra llega en el momento oportuno, el doble fondo del cubo y la pata de palo del correo son conocidos por todos... Es el juego perfecto de las cartas marcadas.

La clave del tinglado está, como tantas veces, en los primeros segundos de película. Esos en los que Wilder vuelve a recurrir a un narrador que nos pone en situación. Y la elección de ese narrador es clave. Ya lo fue en El crepúsculo de los dioses o en El apartamento, pero en este caso no nos damos cuenta de su importancia hasta el segundo visionado. Sólo diré que Wilder nos sirve los ojos más puros e inocentes del campo 17 para que veamos la película como debemos verla. Por cierto, no soy nada integrista pero mejor si la vemos en versión original, aunque cueste un poco.

Te voy a decir una cosa. Pocas veces incluyen a Traidor en el infierno entre las mejores películas de Billy Wilder. Ni siquiera él se sentía especialmente orgulloso de ella. Pero si no la ves, te vas a perder una gran experiencia y no está el cine como para andar perdiendo el tiempo. Así que dale una oportunidad.
  • Traidor en el infierno

  • Título original:
    Stalag 17

  • Dirección:
    Stalag 17

  • Año de producción:
    1953

  • Nacionalidad:
    Estados Unidos

  • Duración:
    120

Valentín Carrera

Desde la República Independiente de El Bierzo me fui a Galicia y he terminado en Madrid. Estudié Periodismo, luego hice Políticas y acabo de terminar un posgrado en Community Manager y Social Media.

Desde hace casi 20 años trabajo en Telemadrid donde empecé de becario y ahora sigo como redactor (entre medias he sido redactor, editor de informativos, redactor jefe y subdirector de informativos y responsable de contenidos para Canal Metro). Me apasiona la tele, el periodismo y la política. Procuro estar al día en nuevas tecnologías, redes sociales y demás.

Hace un par de años que soy vocal de la Junta Directiva de la Academia de Televisión donde he tenido la suerte de participar en la Comisión Organizadora de El Debate de 2011 entre Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba y de dirigir las 2 últimas ceremonias de entrega de los Premios Iris.

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