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28 de marzo de 2014

321 días en Michigan

por Andrés Robles

El cine andaluz vive un momento dulce. Cintas como la estupenda Grupo 7 (España, 2012) o la muy divertida ¿Quién mató a Bambi? (España, 2013) dan fe de ello. Ahora la encargada de probar suerte es 321 días en Michigan (España, 2014), producción netamente malagueña dirigida por Enrique García y presente en la sección oficial a concurso de la última edición del Festival de Cine Español de Malaga.

Los 321 días del título son aquellos que los amigos de Antonio creen que va a pasar en Michigan asistiendo a un máster, aunque la realidad y el destino del protagonista, que se dispone a cumplir condena por esos delitos financieros por los que muy pocos pagan en esta santa piel de toro, son bien distintos. De esta manera Enrique García repite con el actor (Chico García) y el género (el drama carcelario) de su mediometraje Tres razones (España, 2010).


La prisión es un paisaje fértil a la hora de contar historias, un universo concentrado en poco espacio con sus propias rutinas, reglas y códigos de conducta donde personas con orígenes y pasados variopintos se ven obligadas a convivir, pero también es un terreno abonado a los tópicos, y por desgracia el guión del propio director e Isabel Sánchez no está exento de ellos. Su cárcel está construida mediante muchos de los clichés del género y eso junto a un tono general demasiado blanco, en el que nunca se llega a palpar del todo la hostilidad de una convivencia que por definición es problemática, son las mayores flaquezas de esta cinta. Quizá las cárceles sean más esto que lo que el cine nos muestra habitualmente - los autores dicen haber realizado un exhaustivo proceso de documentación y han contado con funcionarios y presos reales -, pero personalmente considero que falta conflicto en la narración.

Tampoco ayudan ni el actor ni el personaje principal. A una interpretación plana se une un personaje con el que nunca llegamos a empatizar. Antonio es un hombre interesado y pusilánime, pero está escrito de modo que ni hace que nos impliquemos con él ni provoca nuestro rechazo; simplemente no es indiferente y eso, siendo el protagonista, resulta peligroso.


Mayor interés tienen en cambio las tramas secundarias entre las que destaca la de Sara - una muy atinada Virginia DeMorata - que se ve obligada a estudiar para conseguir un tercer grado que evite que sus hijos sean separados por distintas familias de acogida; o la de Carmona (Héctor Medina), que tras el cristal del cubículo de visitas hace lo que puede para que su vástago no se convierta en lo mismo que él. Por último está Salva Reina, cuyo personaje, Juani, supone en la mayoría de las ocasiones el descargo cómico y para el que se echa en falta mayor profundización y una historia propia.


Entiendo que el objetivo de Enrique García no es reflejar la atmósfera malsana de ese infierno caótico que era Celda 211 (España, 2009), pero es que su película se queda siempre a medio gas, con unos malos que no llegan a transmitir el peligro que se presupone en tipos de su calaña y un día a día que es más propio de un patio de instituto que de una prisión. Esa calma chicha en el tono hace que el espectador no perciba como reales los conflictos de los protagonistas y provoca que su interés vaya decayendo. Pese a ello 321 días en Michigan no es una mala cinta; muy al contrario es un producto digno que no entusiasma pero que consigue hacer pasar un rato ameno, lo que no es poco teniendo en cuenta mucho de lo visto en esta sección oficial.
  • 321 días en Michigan

  • Título original:
    321 días en Michigan

  • Dirección:
    321 días en Michigan

  • Año de producción:
    2014

  • Nacionalidad:
    España

  • Fecha de estreno en España:
    2014-10-31

Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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