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9 de mayo de 2014

Carmina y amén

por Andrés Robles

Cada cierto tiempo ocurre con el cine que nos regala iconos, personajes tan potentes que transcienden de las películas en las que fueron paridos para hacerse un hueco en la cultura popular. Puede haber gente que no haya visto El padrino pero difícilmente encuentren a alguien que no reconozca el susurrante modo de hablar de Vito Corleone, gente que no ha dedicado un solo minuto de su vida a Torrente y a pesar de ello es capaz de identificar de inmediato al peculiar policía interpretado por Santiago Segura. No creo andar muy errado al considerar que algo de eso ocurrió con Carmina o revienta (España, 2012), opera prima en la que Paco León jugaba a mezclar un poco del sistema de trabajo del primero y la escatología del segundo con elementos prestados de Almodóvar y de su propia familia para crear una madre imaginaria que conseguía hacer que nos preguntáramos cuánto de Carmina Barrios había en su trasunto cinematográfico.


Siendo admirador de aquella primera obra, me enfrentaba a Carmina y amén (España, 2014) con muchas ganas, pero sobre todo con el miedo a que León hubiera cometido el error de tomar una postura cómoda exprimiendo a su personaje con una secuela sin mayores aspiraciones que las de repetir el éxito anterior. Respiro ahora tranquilo sabiendo que no es el caso. Es cierto que, bien por imposiciones de un modelo de producción totalmente distinto o por la pérdida de la inconsciencia propia del novel, la cinta ha abandonado ese carácter de experimento presente en el original, pero eso no resulta negativo salvo en un par de aspectos.

El primero sería cierto desencaje en la estructura. Y es que a pesar de que el director ya no usa el recurso del falso documental sigue componiendo aunque en menor medida en base a set-pieces que no terminan de cuajar en un esquema narrativo tradicional y dejan la sensación de estar ante un guión algo deslavazado. El segundo punto oscuro es lo que parece una concesión a aquellos que acusaron a Carmina o revienta de banal. Aquí León va repartiendo a lo largo del metraje diversas alusiones de corte social - a la dependencia, a los desahucios, a la inmigración...- que en general no resultan impostadas, pero que llegan a cansar por acumulación.


Por lo demás Carmina sigue siendo Carmina. Una luchadora, una jabata con muy poca vergüenza y muchos cojones que no duda en compartir techo dos días con el cadáver de su marido si con ello consigue no perder la paga extra, que sabe cómo manejar los hilos para cuidar de su gente y que tiene en su hija a su mayor secuaz y al perfecto relevo de su matriarcado - qué acierto esa cesión del testigo sólo con tres elementos: el vómito, un mechero de cocina y la elección de un ataúd -.

Pero es que León, además de revalidar su talento cómico y para la dirección actoral o su buen ojo al hablar de lo cotidiano, es capaz de componer secuencias de una belleza extrema como esa del entierro en la que después de recurrir al realismo casi mágico gracias a la cámara ultralenta pasa al realismo más crudo y demoledor magnificando el sonido de la maquinaria que eleva el féretro o los ladrillos que cubrirán el nicho. También se revela como un realizador inteligente al diseñar un cierre en el que cobra sentido mucho de lo visto y que resulta al máximo consecuente con el carácter de su protagonista o al recurrir a la formula de Cinco horas con Mario en los monólogos de la misma.


Como toda buena secuela, Carmina y amén respeta el universo creado en su primera parte y lo expande con nuevos elementos. Sin embargo también tiene la cualidad de erigirse como una obra independiente. Su director opta por una narrativa distinta, puede que más convencional, pero también más oscura, reflexiva y madura que no por ello pierde la frescura ni la sinvergonzonería del original.
  • Carmina y amén

  • Título original:
    Carmina y amén

  • Dirección:
    Carmina y amén

  • Año de producción:
    2013

  • Nacionalidad:
    España

  • Duración:
    90

  • Género:
    Comedia dramática

  • Fecha de estreno en España:
    2014-04-30

Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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