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18 de marzo de 2016

Cien años de perdón

por Andrés Robles

De un tiempo a esta parte, el cine español nos está acostumbrando a un tipo de producción muy específica, claramente destinada a captar al gran público -ya era hora-. Thrillers de acción de presupuesto holgado, fino acabado técnico y filiación yanqui -entiendan esto como un piropo- que sin embargo usan el género como vehículo para reflejar la actualidad política y social más reciente de nuestro país. En este sentido, Rodríguez, Monzón, Urbizu o el recién llegado Dani de la Torre -El desconocido- han dado en el clavo con sus últimas propuestas, conjugando calidad y entretenimiento masivo.

Otro que lo venía intentando desde hace bastante sin terminar de cuajar es Daniel Calparsoro, un tipo con indudable oficio y buen olfato al plantar la cámara, cuyos filmes quedaban lastrados por guiones deficientes -Invasor- cuando no irrisorios -Combustión-. Dispuesto a romper con eso, el vasco consigue meterse, ahora sí, en la primera liga.


Escrita por Jorge Guerricaechevarría -demostrando de nuevo ser la parte cabal del tándem que habitualmente forma con Álex de la Iglesia-, Cien años de perdón es una cinta de atracos con todos los ingredientes del subgénero y referencias claras a Tarde de perros (Sidney Lumet. Estados Unidos, 1975), pero no se queda ahí, sino que va ganando en complejidad según avanza, gracias a la podredumbre que asola a nuestra clase dirigente. Conseguir en España esa centuria del título no es tarea complicada. Si algo nos sobra en la piel de toro a parte de bares -perdón, ¿he dicho bares? Siento el lapsus. Esos no sobran nunca- son ladrones a los que robarles. Muy poco pan para tanto chorizo, que diría un perro-flauta del 15M -entiendan esto también como piropo-. Y así, Barcenas y Lapuerta -los entrañables Tip y Coll de la contabilidad bajo cuerda-, el Tamayazo o las Preferentes se cuelan en ese banco que casualmente se ubica en la Valencia del caloret, enriqueciendo la narración y dotando al film de personalidad propia.

Con el respaldo de un buen libreto, que por cierto también acierta al no renunciar al humor, a Calparsoro sólo le hacía falta un buen casting para rematar la faena. Dicho y hecho. Con Luis Tosar al frente nada podía salir mal y ya hasta aburre hablar de él porque nunca falla. Sin embargo el gran hallazgo de la película es Rodrigo de la Serna, el capo de la banda que comienza siendo el típico perdona vidas y que poco a poco va mostrando lo que se esconde detrás de su arquetipo. Tosar y De la Serna, El Gallego y El Uruguayo, derrochan química en pantalla y piden a gritos una precuela que nos revele el pasado compartido por ambos.

Cien años de perdón es en fin una entretenidísima, absorbente y disfrutable cinta, bien rodada y bien actuada. Un relato con múltiples giros que consiguen mantener en todo momento la tensión y el interés. ¿Se puede pedir más? Hombre, por pedir, pediríamos que todo fuera ficción y que no nos esquilmaran los de arriba, pero eso, amigos, ya va a ser más complicado.
  • Cien años de perdón

  • Título original:
    Cien años de perdón

  • Dirección:
    Cien años de perdón

  • Año de producción:
    2015

  • Nacionalidad:
    España

  • Duración:
    96

  • Fecha de estreno en España:
    2016-03-04

Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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