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1 de abril de 2016

Mi gran noche

por Andrés Robles

Tarde o temprano tenía que pasar. Alex de la Iglesia y la Nochevieja estaban llamados a entenderse. El absurdo ritual de los cuartos, los escotes de Anne, la capa de Ramontxu, tan mágica como la de Harry Potter pero mucho más española -dónde va a parar- y, sobre todo, los especiales televisivos -esos especiales enlatados que tanto le deben a José Luis Moreno y sus Noches de Fiesta- eran el caldo de cultivo perfecto para ese amor malsano por la caspa y esas historias de desbarre y desenfreno que tanto le gustan al bilbaíno.

Como el fin de año, De la Iglesia es un tío que no conoce la mesura. Toda su filmografía, pertrechada a cuatro manos con su secuaz, Jorge Guerricaechevarría, es como una bola de nieve que va creciendo y creciendo sin control hasta acabar como el Rosario de la Aurora. Da igual que la cinta en cuestión trate la venida del Anticristo o se centre en una pequeña y apacible comunidad de vecinos; que sus protagonistas sean entrañables payasos o ladrones misóginos y amateur. El final siempre es el mismo: una gran hipérbole de destrucción, caos y hostias -muchas hostias- en la que más de un personaje tiene todas las papeletas para acabar colgando de algún monumento cañí. El exceso es su marca de fábrica, y cuando uno entra en el cine, lo hace sabiendo a qué se va a enfrentar.


La fórmula, que también incluye ritmo endiablado y una brillantez visual casi ajena a nuestra cinematografía hasta su llegada, no siempre resulta igual de bien. Últimamente suele ocurrirle con demasiada frecuencia que entra en barrena llegado un determinado punto del metraje. Se lía y se lía para acabar saliendo de su propio jardín, renqueante y a duras penas. No es el caso sin embargo de Mi gran noche (España, 2015). Y no lo es, no precisamente por su contención, inexistente en todo punto, sino justo por lo contrario. El vasco está tan desatado desde el principio que ese cortocircuito, ese cambio de tercio del que les hablaba, nunca llega a producirse.

Eso no quiere decir por supuesto que su último film sea redondo. Dista mucho de serlo. Las mil tramas que lo componen no terminan de cuajar por falta de aire, pero en esta ocasión el desmadre está justificado, el histerismo no molesta y el horror vacui no llega a cansar. Además De la Iglesia cuenta con, no uno sino dos, ases bajo la manga. Ambos con nombre de cantante chusco. Adanne y Alphonso, Raphael y Casas, son de lejos lo mejor de esta locura que habría salido beneficiada de haberse centrado en su pulso. El divo de la "PH" se ríe de sí mismo como sólo los grandes saben hacer, y el que antaño fue icono de adolescentes carpeteras vuelve a demostrar su inmenso talento con ese cruce de Chayanne y Bisbal, intérprete de un hit pachanguero que ríase usted de los Gemeliers y Paquirrín -A.K.A. Kiko Rivera-.


Posiblemente las bajas expectativas hayan jugado a mi favor. Me esperaba otra Muertos de risa y no, la tragedia no se ha consumado. Al menos esta vez, las palpitaciones provocadas por el chute de speed eclesiástico han merecido la pena y el colocón divierte. Descorchen el champán que han sonado campanadas.
  • Mi gran noche

  • Título original:
    Mi gran noche

  • Dirección:
    Mi gran noche

  • Año de producción:
    2015

  • Nacionalidad:
    España

  • Duración:
    93

  • Género:
    Comedia

  • Fecha de estreno en España:
    2015-10-23

Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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