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11 de febrero de 2016

Ocho apellidos catalanes

por Andrés Robles

Yo, que nunca he sido persona amante de armarios -y a la hemeroteca de esta santa casa les remito-, lo dije en su día y lo vuelvo a admitir: lo pasé en grande con Ocho apellidos vascos. Sin ser una gran película -básicamente a causa de su abúlica dirección-, me funcionó a las mil maravillas gracias a un desternillante guión que hacía del tópico su principal arma, y a unos actores plenamente conscientes del desmadre en el que andaban metidos. Confieso haber reído a carcajadas, contagiado por el resto de público que abarrotaba la sala, y haber repetido la experiencia al verla más tarde en la soledad de casa.


Digo todo esto para no ser acusado de esnobismo cuando a continuación exprese mi opinión sobre su secuela. Cierto es que a menudo los críticos gozamos por lo bajini de placeres inconfesables, mientras que en público sólo declaramos nuestro (impostado) amor por la aburridísima película iraní de turno. Cierto es que frecuentemente fingimos odiar una cinta por el mero hecho de ser un éxito masivo. Pero créanme, no es el caso. Servidor sólo hace tal cosa en persona y cuando quiere deslumbrar con su profunda vida interior para pillar cacho -¡y ni eso me funciona, oiga!-.

Pongo pues a Billy Wilder por testigo y juraré si hace falta con la mano sobre el sagrado libreto de Misterioso asesinato en Manhattan: Ocho apellidos catalanes (Emilio Martínez-Lázaro. España, 2015) es un bluf en toda regla. Más allá de algún chiste bien parido y de determinados diálogos con la chispa del original, el film se percibe como un desesperado intento de repetir la fórmula ganadora. El problema es que sin el efecto sorpresa que acompañó a su precuela y con unas prisas locas por hacer pasta que difícilmente dejan espacio a una escritura reposada, irremediablemente fracasa.


Cobeaga y San José -a los que, por cierto, se les da bastante mejor el humor vascuence mamado en Vaya semanita que este catalán, manido y sacado de aquellos casetes de Arévalo que se vendían en las gasolineras de mi juventud- yerran al virar hacia la comedia romántica y desaprovechan estrepitosamente la única trama nueva al margen de ésta. La única que podía expandir el universo ya visto con algo interesante y fresco. El Good bye, Lenin! de la Sardá apuntaba maneras, pero queda tan diluido entre amoríos de baratillo y gags remakeados que igual daría eliminarlo de una ecuación cuyo resultado final es un déjà vu continuo.

Anulado pues el principal activo del original y manteniendo su mayor lastre, esto es, un Emilio Martínez-Lázaro que ni está, ni se le espera -servidor no puede evitar que se le salten las lágrimas y las glándulas salivales le trabajen a destajo, imaginando qué habría sido de la saga con Ruiz Caldera al frente-, Ocho apellidos catalanes acaba por hacer bueno ese tópico que dice que segundas partes nunca fueron buenas, excepto las de El Padrino y Terminator. En cualquier caso no se preocupen -o tiemblen. Eso ya al gusto de cada uno-, dada su taquilla, aún quedan catorce comunidades y dos ciudades autónomas para seguir intentándolo.
  • Ocho apellidos catalanes

  • Título original:
    Ocho apellidos catalanes

  • Dirección:
    Ocho apellidos catalanes

  • Año de producción:
    2015

  • Nacionalidad:
    España

  • Duración:
    99

  • Género:
    Comedia romática

  • Fecha de estreno en España:
    2015-11-20

Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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