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27 de marzo de 2015

Pride

por Andrés Robles

Así como los franceses son especialistas en la comedia burguesa, pelín estirada y destinada casi en exclusiva al consumo propio, los británicos triunfan dentro y fuera de sus fronteras con otra tipología, la comedia social buenrollera, a la que le tienen cogido el tranquillo a la perfección. Películas pequeñas, exentas de pretensiones más allá de la (muy loable) intención de hacer pasar un buen rato, que consiguen -¡vaya si lo consiguen!- a partir de un mismo esquema: contar de manera tangencial un drama de la clase obrera con mirada amable y abiertamente optimista, poniendo el foco en las personas y sus microhistorias, e ignorando intencionadamente los grandes titulares o la miseria de los hechos. En esa tradición cuyos ejemplos más ilustres serían Full monty y Billy Elliot, se adscribe Pride (Matthew Warchus. Reino Unido, 2014), cinta llamada a ser un nuevo clásico instantáneo del subgénero, cuyas maneras recuerdan también al Stephen Frears de Café irlandés o La camioneta.


Como tantas otras, Pride transcurre en esa época en la que una dama de hierro llamada Margaret campaba a sus anchas apretándole las tuercas al currito de a pie del mismo modo que ahora lo hace cierta germana de carnes más prietas pero similares malas pulgas, y narra la historia real de la insólita colaboración del colectivo gay-lésbico londinense con el sector de la minería galesa en la gran huelga de 1984.


Es cierto que la cinta sólo muestra la punta del iceberg de sus conflictos, haciéndolos pasar por inofensivos cubitos de hielo. La homofobia, las duras condiciones a las que la Thatcher sometió a los mineros, restringiéndoles el suministro de gas y alimentos, o la lacra del SIDA en una época en la que el diagnóstico de la enfermedad suponía poco menos que una sentencia de muerte, están contadas de refilón y en gran parte dulcificadas por cierta añoranza de la inocencia de aquellos años, pero en ningún caso se echa en falta mayor calado o profundización en tales asuntos. Uno acepta desde el principio que no es esa película, que aquí se viene a entretenerse y divertirse, por mucho que en más de una ocasión se nos empañen los ojos - esa despedida en las escaleras de una discoteca en la que las miradas dicen mucho más que las palabras -.


Tono ligero, humor blanco y un potente soundtrack ochentero - otra marca de fábrica del género - se dan la mano en un relato coral que engancha desde el primer minuto y consigue hacer que nos encariñemos con todos y cada uno de sus personajes independientemente del peso que tengan en la trama, gracias al sólido guión de Stephen Beresford y al buen trabajo de su variopinto reparto, en el que tienen cabida veteranos como Imelda Staunton o Bill Nighy, y nuevas caras como George MacKay, visto en Amanece en Edimburgo, o Ben Schnetzer.

Comedia, pues, de contadísimas carcajadas pero de sonrisa continua y emociones a flor de piel. No inventa nada, no revoluciona nada, y sin embargo va derechita al corazón. Una de esas películas que se le pueden recomendar con tranquilidad a cualquiera, sean cuales sean sus gustos. Saldrán de ella contentos y con ganas de ser mejores personas.
  • Pride

  • Título original:
    Pride

  • Dirección:
    Pride

  • Año de producción:
    2014

  • Nacionalidad:
    Reino Unido

  • Duración:
    120

  • Género:
    Comedia dramática

  • Fecha de estreno en España:
    2015-03-19

Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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