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21 de enero de 2016

Techo y comida

por Andrés Robles

Si miran a su derecha y atan cabos, sabrán que servidor nació hace ya algunos años en Jerez de la Frontera, tierra de vino y caballos, de arte y flamenco... y de paro... mucho paro. Este rinconcito gaditano lleva años ostentando el dudoso honor de encabezar el ranking de esa cifra que nuestros políticos enarbolan cuando desciende y maquillan cuando asciende, sin tener en cuenta que cada uno de los números que la compone es una historia de sufrimiento y desazón. Una desazón que se torna angustia cuando la situación se dilata, los recursos se acaban y las ayudas desaparecen, cuando el túnel es tan largo que en vez de a la luz va conduciendo sin remisión a la pérdida de lo más básico.


Con ello en mente, no es de extrañar que el debutante y también jerezano Juan Miguel del Castillo haya escogido nuestra ciudad natal para poner cara y dar voz a una de esas vidas anónimas que componen la vergonzante lacra, situando además la acción de Techo y comida (España, 2015) en el año 2012. El mismo en el que se batían records de desempleo y desahucios, mientras que los españoles salíamos a la calle pintados de rojo y amarillo para celebrar una victoria futbolística mucho más importante que todo eso -dónde va a parar-.

Cine de guerrilla, comprometido, pegado a la realidad y realizado con extrema economía de medios en el que Del Castillo cuenta con un arma mucho más potente que un presupuesto holgado para poner en pie su narración: una actriz entregada a la causa en cuerpo y alma. Natalia de Molina sustenta esta tragedia de una madre coraje abocada a la exclusión social, con una extraordinaria composición cuajada de verosimilitud y sutileza. Cualquiera caerá rendido a sus pies y a esa mirada que refleja, según el momento, miedo, desesperanza o una pasajera ilusión, pero sólo un jerezano -y aquí me van a perdonar que vuelva a hacer patria- reconocerá la perfección de su acento. Medio minuto le llevó a la jiennense hacerme olvidar quien era y hacerme verla sencillamente como una chica de La Torres, San Telmo o cualquier otra barriada obrera de mi ciudad.


Ella es Techo y comida. Ella y la perfecta química que consigue con Jaime López, su hijo en la pantalla. La pareja cala hondo y el niño enamora. Y sólo una regla absurda, provocada por un tiempo en el que los académicos se volvieron locos nominando y premiando infantes, ha evitado que el chaval sea candidato al Goya como mejor actor revelación.

Pero no son sólo méritos actorales los que puede apuntarse el film. Los críticos -que, ya saben, somos mucho de comparar para dárnoslas de listos-, lo han equiparado al cine de los hermanos Dardenne. Sin embargo servidor no está demasiado cómodo con tal emparejamiento. Suelo encontrar en los belgas la posición del que mira desde fuera con superioridad. Cierto tufillo panfletario y aleccionador que no aparece en la obra de Del Castillo. Al jerezano no le interesa mostrar la carga política del asunto, sino reflejar con sinceridad documental el día a día más íntimo del drama. Y lo hace sin aspavientos, sin regodearse en el patetismo. Simplemente con honradez y un profundo respeto por sus personajes.


El cine, que es entretenimiento y es espectáculo, que es arte e industria, también es testimonio de su época. Y cuando las generaciones venideras hayan olvidado qué era eso de la crisis y quieran saber cómo fue esta década aciaga, tendrán en Techo y comida un documento excepcional.
  • Techo y comida

  • Título original:
    Techo y comida

  • Dirección:
    Techo y comida

  • Año de producción:
    2015

  • Nacionalidad:
    España, Argentina

  • Duración:
    90

  • Género:
    Drama

  • Fecha de estreno en España:
    2015-12-04

Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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