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13 de febrero de 2015

The Imitation Game

por Andrés Robles

Hay películas sobre las que uno no sabe muy bien qué pensar. Películas cuyas dosis de cal y arena son tan parejas - a ustedes les encomiendo la misión de discriminar el elemento bueno porque yo nunca he sido capaz -, que casi hacen imposible distinguir si realmente gustan. The Imitation Game (Descifrando Enigma) (Morten Tyldum. Reino Unido, 2014) ha sido para mí una de ellas.

Antes de entrar a dar mi opinión, me veo en la obligación de aclarar algo: al valorarla parto de la base de no considerar que sea un biopic de Alan Turing, sino simplemente el relato de cómo un grupo de eruditos fue capaz de descifrar los códigos de encriptación nazis durante la Segunda Guerra Mundial. En este sentido los distribuidores españoles, en esa manía suya de tratarnos como a tontos y explicarnos el argumento en los títulos, han dado involuntariamente con la clave. Sin que sirva de precedente doy por buena esta vez su coletilla, y de ese modo, aunque me parece cobarde la manera en la que la cinta elude el calvario que sufrió el matemático a causa de su homosexualidad, puedo llegar a perdonárselo puesto que no es esa la historia que pretende contar. El tono de The Imitation Game abraza el relato de aventuras y no la hagiografía por la que posiblemente se habría optado de haberse rodado en Hollywood. Aceptando eso, la cinta funciona.


Reconozco haber pasado un rato agradable con una película entretenida, solvente en todos sus apartados, e interesante en el relato que escoge y en la puesta en imágenes del mismo. Su relativamente extenso metraje no llega a hacerse pesado, en gran parte por la estructura narrativa en tres tiempos que se intercalan, aportando un dinamismo muy de agradecer, y su protagonista, Benedict Cumberbatch, pese a tomar prestados algunos tics de su Sherlock Holmes - algo en lo que tiene bastante que ver el modo en el que está escrito su personaje -, cumple realizando un gran trabajo.

Sin embargo hablaba antes de cal, o de arena, o de lo que leñes sea lo malo. El caso es que la propuesta es tan medidamente correcta, tan academicista, que acaba por provocarme recelos. No puedo evitar dejar de pensar en ella como en un producto prefabricado para la temporada de premios, formulado a partir de elementos de probada eficacia a la hora de provocar empatía en el espectador medio y acaparar estatuillas - alguno por cierto tan manido como el momento en el que todos amenazan con abandonar el barco si despiden al patrón, o determinada frasecita repetida varias veces a modo de mantra, ideal para el clip de presentación de nominadas -. Es tal su conservadurismo que perfectamente podría pasar por una película rodada en los noventa y guardada en un cajón hasta ahora. No considero que sea mala, pero algo en ella huele a rancio.


Sea por torpeza al escoger el foco - que no oculta pero sí evade los claroscuros -, por falta de valentía, por ambición de galardones o por una conjunción de todos los factores - que en el fondo están relacionados -, lo cierto es que mi sensación final es la de estar ante un film del que difícilmente se saldrá descontento, pero tan amable y convencional que no creo que llegue a apasionar a nadie.
  • The Imitation Game

  • Título original:
    The Imitation Game

  • Dirección:
    The Imitation Game

  • Año de producción:
    2014

  • Nacionalidad:
    USA, Reino Unido

  • Duración:
    114

  • Género:
    Drama, thriller

  • Fecha de estreno en España:
    2015-06-01

Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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