crónica

23.09.2019

Concheando 2019. Crónicas desde San Sebastián. Primeros compases

por Andrés Robles

Escribo estas líneas con el paquete aún a medio abrir. El papel de regalo y la ilusión prácticamente intactos; las expectativas casi por desprecintar. Dentro aguardan colas y más colas, prisas, sueño y cine, por encima de todo cine. Arranca la sexagésimo séptima edición del Festival de San Sebastián y un año más servidor tiene la suerte de aparcar por unos días la rutina, para zambullirse en largas jornadas en las que la luz del proyector supera con creces a la natural.

Una, Grande y Libre

Como si de un meme destinado a darle la razón a la derechona más rancia se tratara, las dos cintas españolas vistas hasta ahora en Sección Oficial comparten el, para algunos manido, telón de fondo de la Guerra Civil. Y sin embargo, tanto sus diferentes puntos de partida -la una en los inicios, la otra en las postrimerías y el después-, como lo diverso del cariz y las pretensiones, no tardan en volver a demostrar que la falacia no es más que eso y que, muy al contrario, todavía quedan mil historias por descubrir, mil relatos por contar sobre la contienda, sus orígenes y sus consecuencias.

Una lástima que la disparidad también pueda espetarse a los resultados, y es que, mientras La trinchera infinita ha logrado colocarse en lo más alto de la tabla clasificatoria, lo nuevo de Alejandro Amenábar evidencia que, pese a no llegar al fiasco que supuso Regresión, el realizador sigue sin levantar cabeza.

Mientras dure la guerra aborda el apoyo público de Miguel de Unamuno a la rebelión militar contra el gobierno republicano y el posterior cuestionamiento de su postura inicial, así como el ascenso de Franco dentro del bando sublevado hasta convertirse en Jefe del Estado de la zona nacional. Materia prima cuanto menos interesante, que estaba llamada a convertirse en un gran filme de no ser porque el realizador de Tesis se empeña en recurrir a una épica impostada que termina acercándolo en no pocos momentos a la caricatura involuntaria; se obstina en subrayar hasta el hastío el mensaje y su conexión con el presente hasta acabar logrando que ésta se perciba como un ejercicio facilón e infantiloide; y opta inexplicablemente por la corrección más academicista, olvidándose del pulso, la tensión y las emociones.


En las antípodas se sitúa la obra de Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga, y no sólo porque los grandes nombres de la Historia -entiéndanme lo de grande cuando hablo de según qué personajes- den paso al relato anónimo, doméstico, sino porque la asepsia es relevada por dos horas y media de sentimientos a flor de piel en este drama, mucho más familiar que bélico, sobre cómo el confinamiento autoimpuesto de un topo -uno de esos que vivieron a escondidas, algunos durante décadas, por miedo a las represalias del contrario- afecta a la pareja compuesta por Antonio de la Torre y Belén Cuesta.


Desde el portentoso uso del sonido como elemento narrativo hasta la capacidad de su guion para introducir nuevos elementos y no decaer en ningún momento, pasando por la maestría de cada una de las interpretaciones que sostienen su metraje, todo son aciertos en La trinchera infinita, la mejor producción hasta la fecha de sus autores, con el permiso de la exquisita Loreak y la multipremiada Handia.

Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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