crónica

26.09.2015

Concheando. Crónicas desde San Sebastián. Día 6, miércoles

por Andrés Robles

Miércoles. Ya es miércoles. Al festival cada vez le quedan menos cartuchos y aún andamos esperando esa película que diluya la sensación general de que, salvo un par contado de honrosas excepciones, la Sección Oficial de esta edición está siendo de lo más descafeinada. Además de una propina fuera de concurso -y qué propina-, dos han sido las cintas que lo han intentado hoy pero, con sus más y sus menos, ninguna lo ha logrado.


La jornada ha comenzado recorriendo las calles de la capital cubana de la mano de Reinaldo, El rey de La Habana (Agustí Villaronga. España - República Dominicana, 2015), en los duros años del Periodo Especial. Celebración del sexo, el instinto de supervivencia y la idiosincrasia de los caribeños, la cinta del autor de Pa negre parece que busque -y lo consigue- descolocar de continuo al espectador hasta hacer que éste sea incapaz de clasificarla. ¿Comedia caricaturesca? ¿Melodrama pasado de rosca? ¿Radiografía grotesca de la Cuba más miserable? Porqué elegir cuando se puede ir cambiando de acera sin hilvanar demasiado la narración.

Reconozco que fue para mí un alivio tras tanto metraje plomizo y, pese a estar más solo que la una en la valoración, salí de ella contento, maravillado por su portentosa recreación de la decadencia habanera y agradecido de haber pasado un rato ameno, si bien es cierto que el conjunto pierde enteros a poco que a uno le da por volver a pensar en él.

Y no dejamos de lado a los desahuciados aunque sí la calidez tropical, porque en Moira (Levan Tutberidze. Georgia, 2015) también acompañamos a un buscavidas en tierra hostil. Un pueblo pesquero con poco futuro más allá de trapicheos varios, una familia con imán para las calamidades y la típica historia de redención en un film que no cuenta nada nuevo, pero al menos lo hace bien -cosa complicadísima visto lo visto esta semana-. Sin acentos ni estridencias, efectiva en su sencillez, la georgiana se ha colado por sorpresa en mi lista de salvables -en el país de los calvos...-.

Todo lo contrario le ocurre a Lejos del mar (Imanol Uribe. España, 2015). Sección oficial fuera de concurso -porqué no fuera del festival, nos preguntamos todos- para un esperpento cuyo pase de prensa podría haber sido perfectamente el de El guateque a la luz de las carcajadas que allí se escucharon. Y mira que la cosa pintaba bien al principio y ese reencuentro con las heridas del pasado tenía miga. Pero llega el giro -ese giro- y todo se va al garete. El bueno de Imanol se mete en un jardín que es más el laberinto de El Resplandor para no salir de él ni con una motosierra. Vayan sacando el trapecio y los enanos que el circo ya está servido. Tal cariz toma el asunto que servidor no puede dejar de preguntarse cómo nadie -el productor, un amigo, la tía del pueblo- fue capaz de acercarse despacito al oído de Uribe y gritarle con todas sus fuerzas "¡¡aborta, aborta!!".

No continúo porque como me encienda no paro y mañana tengo pase a las nueve. Que sueñen con los angelitos. Yo, con no tener pesadillas por lo visto hoy, me conformo.

Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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