crónica

20.03.2017

Crónicas malagueñas 2017. Día 1, viernes

por Andrés Robles

Interior. Noche -05:00 a.m. para ser exactos. Ahí es nada-. La alarma del móvil interrumpe un bonito sueño en el que soy un espía capaz de volar -se ve que anoche cené más de la cuenta-. Abro como puedo medio ojo con la intención de estampar el dichoso teléfono contra el armario pero algo me frena: hoy no, hoy el aparatejo es mi amigo, hoy su estridente melodía suena a cine.

Arranca la vigésima edición del Festival de Málaga que es también la primera de una nueva época: tras dos décadas, cambia su nombre pasando de "cine español" a "cine en español". La preposición está llamada a renovar un certamen que ya mostraba síntomas graves de agotamiento. La apuesta clara de San Sebastián por el cine patrio y el empeño de Atresmedia por usar la sección oficial como trampolín publicitario para sus producciones hacían que la calidad de ésta fuera cada vez menor. Esperemos -y es lógico pensarlo- que, con la irrupción del cine iberoamericano en la competición, la selección aumente su nivel general y nos ahorre algún que otro disgusto.

De momento y con la carrera por la Biznaga aún por comenzar, hoy hemos podido ver, fuera de concurso, las dos primeras cintas de la sección oficial: El bar, último trabajo de Álex de la Iglesia, y Maniac tales, atípica cinta de terror -o eso dicen- a cargo de cinco directores entre los que está Enrique García, viejo conocido del festival que ya compitió hace tres años con 321 días en Michigan.


El padre de El día de la bestia y La comunidad ofrece un intimista drama social protagonizado por un inmigrante bielorruso. No, es coña, pero no me digan que no sería la bomba. Ya en serio, El bar está marcada con el inconfundible sello del vasco y vuelve a ser un relato coral en el que el esperpento y el caos se adueñan de todo y de todos. Una cafetería de barrio de la que sus protagonistas no pueden salir so pena de muerte es el marco en el que explorar el lado más miserable del ser humano en esta comedia que coquetea con el thriller y que su director considera su mejor obra hasta la fecha. Si bien esta es la típica frase que uno suelta en rueda de prensa y se queda tan pancho, no le falta algo de razón y, pese a no ser redonda, la película es desde luego superior y menos dispersa que sus filmes más recientes. Una lástima que acabe llegando el "Momento De la Iglesia", ese en el que el bueno de Álex pega el volantazo y se le va todo de las manos. Por suerte, aquí llega tarde y se le perdona.

Peor regusto me ha dejado la segunda del día. Rodada en inglés y localizada en Nueva York pese a estar rodada en Málaga, Maniac tales se compone de cuatro cortometrajes totalmente independientes más una quinta historia que hace las veces de columna vertebral de la cinta y que se antoja bastante endeble como tal. En ella, un inmigrante mexicano e ilegal en los Estados Unidos de la era Trump -¿no querían terror? Pues ahí lo llevan- trabaja como portero en el edificio donde reside una guionista de televisión cuya serie más exitosa ha quedado incompleta tras la desaparición de la mujer. Deudora de Cuentos desde la cripta y el cine de serie B, el principal problema del film es su falta de cohesión y el desigual resultado de las distintos relatos que hacen que el ritmo se resienta bastante.

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Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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