crónica

21.03.2017

Crónicas malagueñas 2017. Fin de semana

por Andrés Robles

Con el fin de semana ha dado comienzo la competición de una sección oficial que, a la luz de lo visto, confirma que la inclusión de filmes iberoamericanos ha sido un acierto y promete superar en calidad a la de años pasados. Cinco han sido las cintas proyectadas y vistas para sentencia, y ya les aviso de que una de ellas, La niebla y la doncella, parte como favorita por una sencilla razón: me la he perdido, algo que, dada mi archiconocida maldición con los palmareses, es garantía de éxito.

Sábado

El día ha comenzado con Selfie, falso documental -que si digo mockumentary hay por ahí lenguas viperinas que me tachan de moderno- sobre el hijo de un ministro del Partido Popular, imputado por corrupción -ciencia ficción, vamos-. Impagable y divertido retrato de un pijo redomado al que los suyos dan de lado y que para colmo de males acaba enamorándose de una podemita, tiene momentos inspirados e incluso sorprendentes -ese cameo involuntario de una madrileña ilustre-, pero acaba siendo repetitivo y queda lastrado por su planteamiento formal que las más de las veces le saca a uno de la película.

Por otro lado, el sábado ha estado marcado por un nombre: Leonardo Sbaraglia. Además de recoger el premio Málaga-SUR, es el protagonista de las otras dos películas de la jornada. En la primera, Nieve negra, interpreta a un hombre que debe volver a su lugar de origen tras la muerte de su padre, viéndose obligado así a reencontrarse con las heridas del pasado. Le acompañan en el reparto Laia Costa y Ricardo Darín. Buena factura, atmosfera e interpretaciones para un film cuyo único punto débil es lo predecible de su giro dramático.


Sbaraglia muestra un registro totalmente distinto en El otro hermano, cinta turbia y violenta sobre la codicia, que muestra, como El clan (Pablo Trapero. Argentina, 2015), los modos de hacer de las viejas glorias de la dictadura argentina. Ha sido la sorpresa del día y, pese a que un pelín de contención en el metraje no le hubiera venido mal, se postula como una firme candidata a premio.

Domingo

Antes les adelantaba mi ausencia en el pase de La niebla y la doncella, thriller basado en la novela de Lorenzo Silva que protagonizan Quim Gutiérrez, Verónica Echegui, Aura Garrido y Roberto Álamo. Más allá de la coña con lo de perderme sistemáticamente la película ganadora de todo festival al que asisto, me cuentan que se trata de un film correcto aunque confuso en determinados puntos de su trama.

La que sí he visto -y quizá me debería haber ido a la playa- es Amar, el estreno en el largometraje de Esteban Crespo -ganador del Goya y nominado al Óscar por el corto Aquél no era yo-. No puede decirse que no sea un debut correcto, pero qué quieren que les diga, será que ya estoy mayor, será me corroe la envidia porque los adolescentes del film tengan una vida sexual doscientas veces más interesante que la mía, será lo que sea. Lo cierto es que me he aburrido bastante con este relato del primer amor del que no tengo muy claro hacia dónde va. Con todo destacan las actuaciones de sus jóvenes protagonistas, María Pedraza y Pol Monen.

Cerrando el domingo y fuera de concurso ha llegado Me casé con un boludo -confío en que ahora en sus mentes suene "salerito, pa'jartarme de reir" y así no sentirme tan solo en mi locura-, comedia romántica de gran éxito en Argentina que dirige Juan Taratuto -No sos vos, soy yo- y que gira en torno a la relación sentimental de dos actores. Aunque se ve sin esfuerzo y tiene un par de secuencias realmente graciosas, resulta demasiado facilona y molesta por su exceso de histrionismo.

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Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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