crónica

24.03.2017

Crónicas malagueñas 2017. Miércoles y jueves

por Andrés Robles

Amigos, esto está acabando. Ya sólo nos quedan por ver dos cintas a concurso más la que se encargará, fuera de éste, de cerrar en chiringuito. Y yo que me alegro, qué quieren que les diga. Porque sí, ver pelis está bien y tal, y sí, no es que esté picando piedra ni montado en un andamio, pero es que las ojeras me llegan ya a la cintura y estoy deseando dejarme el maldito móvil en cualquier lado para no tener que escuchar la alarma esa que el primer día, muy poeta yo, les dije que sonaba a cine. Así que nada, les cuento ligerito lo que he visto y me acuesto.

Miércoles

Día de contrastes y ni imaginan hasta qué punto. De lo mejor a lo peor, de lo más delicado a algo tan sutil como una declaración de amor de La Veneno -que en gloria esté-, del film que se ha convertido en el favorito de la prensa a uno de esos regalitos que nos suele preparar el festival y que en esta edición ya estaban tardando en aparecer.

Verano 1993, que ya fue proyectada en la pasada Berlinale, donde logró el premio a la mejor ópera prima en la sección Generation KPlus, supone el prometedor estreno en el largometraje de Carla Simón. La directora se basa en su propia vida para contar la historia de una niña que debe mudarse al pueblo de sus tíos tras quedar huérfana, y elige hacerlo, de manera muy inteligente, acudiendo a momentos cotidianos y huyendo de toda tragedia. El resultado es una pequeña joya rebosante de ternura y exenta de toda impostura que huele a biznaga.


Tras ella ha llegado, Gilda, no me arrepiento de este amor, biopic de una cantante argentina de cumbia cuya corta pero exitosa carrera, unida a una trágica muerte en accidente de tráfico, hicieron de ella un icono popular en su país -vamos, como Cecilia pero en La Pampa-. Correcta pero convencional, cae en el error habitual del género de creer que una vida es interesante per se, y no se esfuerza en plantear nada que la aleje de la mera hagiografía. Tampoco ayuda su exceso de momentos musicales.

Y llegó la tarde y con ella El intercambio. Estaba fuera de concurso y yo debería haber estado fuera de la sala, fumando lo mismo que el que pensó que era buena idea seleccionarla. Obra del malagueño Ignacio Nacho, es algo así como una revista de Juanito Navarro y Quique Camoiras puesta al día por un iluminado demasiado aficionado a las sustancias alucinógenas. En su descargo debe decirse que su tono forzado y salidísimo de madre es totalmente intencionado, pero también fallido.

Jueves

La jornada del jueves ha sido la escogida por Atresmedia para colocar su producción potente de la temporada, Plan de fuga, en la que un butronero profesional entra a formar parte de una banda criminal compuesta por exmilitares del Este. Protagonizada por Alain Hernández -visto por estos lares el año pasado en El rey tuerto-, se trata de un thriller de acción al más puro yanqui sin atisbo de esa lectura en clave ibérica que tienen los mejores ejemplos recientes del género. En cualquier caso cumple con su cometido y entretiene.

Las otras dos propuestas del día, la coproducción hispano-cubana Últimos días en La Habana y la chilena La memoria de mi padre, comparten personajes dependientes debido a su enfermedad.

En la primera, Miguel, un disidente del Régimen que sueña con marchar a Estados Unidos, cuida de Diego, amigo desde la infancia al que el SIDA tiene postrado en la cama. A ratos retrato realista de la miseria cubana, a ratos algo teatral en determinados encuentros y diálogos, funciona sobre todo por el dibujo de ese personaje que se aferra a la vida cuando ya tiene las horas contadas.

La segunda por su parte es una cinta pequeña y emotiva que cuenta justo lo que quiere contar, la historia de un hombre obligado a hacerse cargo de su padre enfermo de alzheimer. Gran actuación del veterano Tomás Vidiella que hace que a uno se le escape alguna lagrimilla -será que con el cansancio tengo las defensas bajas-.

Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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