crónica

24.04.2016

Crónicas malagueñas. Día 1, viernes

por Andrés Robles

Que Jóvenes Realizadores es una empresa de categoría y los profesionales que la componen un dechado de virtudes, son hechos fuera de toda duda. Que nuestro Amado Líder es un inconsciente y un temerario de tomo y lomo, también. Sólo así se justifica que por tercer año consecutivo me deje campar a mis anchas por tierras malagueñas y, no contento con ello, considere oportuno repetir la experiencia del último San Sebastián, encomendándome una crónica diaria de la decimonovena edición del Festival de Cine Español. Lo que yo les diga: un mono con dos pistolas -él, no yo, que soy más de machete-.

Por aquello de no saturarles y teniendo en cuenta que los atractivos de la ciudad son variados y yo soy mucho de dejarme tentar, pretendo limitarme a comentar lo que se cueza en la Sección Oficial, dónde parece que el plato fuerte será Gernika, y en Zonazine, esa plataforma de difusión del nuevo cine español, que engloba a directores cuya narrativa pretende alejarse del lenguaje convencional y que a un servidor le gusta llamar -a veces desde el cariño, -a veces con toda la mala uva- "los modernitos".

Y ahora que ya he hecho amigos, vayamos al lío.


El festival ha arrancado con el estreno, fuera de concurso, de Toro, la segunda película de Kike Maíllo. El ganador del Goya a la Mejor Dirección Novel por la estupenda Eva, abandona la ciencia ficción y se embarca en un thriller de acción que protagonizan Mario Casas, Luis Tosar y José Sacristán.

Con un ojo puesto en el cine asiático y otro en Nicolas Winding Refn -por desgracia no en el de Drive sino en el de Sólo Dios perdona-, Maíllo realiza una cinta que me ha acabado resultando decepcionante y que compro sólo como ejercicio de estilo. Está bien rodada y cuenta con un potentísimo apartado visual. Hasta ahí todo bien. Incluso deja entrever buenas ideas y durante un tiempo me engancha con su historia de mafiosos en la Costa del Sol. Pero tiene demasiados altibajos y elementos que me resultan más falsos que las patillas postizas de Casas y el gato muerto que lleva Tosar en la cabeza -ojito con eso porque una vez que los miren no podrán apartar los ojos de tamañas aberraciones capilares-.

Con todo debo avisarles de que estoy bastante solo con mi opinión y la película en general ha gustado... Seré yo, que soy un carca y prefiero mil veces el policiaco castizo de Alberto Rodríguez a las florituras y estridencias orientales. Y es que ese terrible tercer acto que me ha recordado demasiado las sensaciones sufridas con el chusco remake de Oldboy que perpetró Spike Lee, ha acabado siendo mi puntilla.

Por otro lado y con el inicio de la competición programado para mañana, he dedicado la tarde al cortometraje. Ya saben que en esta casa le tenemos un especial cariño al cine en miniatura, y no es para menos. La primera tanda de Sección Oficial ha brillado por la variedad de sus seis propuestas, desde el drama angustiante de No me quites (Laura Jou) al surrealismo hecho comedia de Kike Barbera y su No estamos aquí para que nos toquen los huevos.

Y hasta aquí lo que ha dado de sí el viernes. Ahora toca dormir, que mañana comienza la carrera por la Biznaga de Oro y quiero estar presentable por si me topo con cierto miembro del jurado cuyo nombre -ejem... Alberto Ammann- no revelaré.

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Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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