crónica

27.04.2016

Crónicas malagueñas. Día 5, martes

por Andrés Robles

Hoy ha sido el día escogido por los astros. No ha habido cámara lenta, ni música de John Williams, ni lluvia cayendo por nuestras mejillas, pero no ha hecho falta. El momento ha sido igualmente mágico. Allí estaba ella, al pie de las escaleras del teatro Cervantes, ajena a mis miradas furtivas. Y allí estaba yo, temeroso del paso que iba a dar aunque decidido como nunca antes a hacerlo. Y tanto da si me creen como si no. Eso no importa. Yo estoy seguro. Escondidas bajo el miedo al perturbado que tenía frente a sí, he podido distinguir unas gotitas de amor en sus ojos.

Hoy ha sido el día. Hoy me he dirigido a María Guerra, a la gran María, La Script por antonomasia, y con voz trémula le he confesado mi incondicional admiración. Ha sido justo premio por lo sufrido un par de horas antes, un regalo del universo que me compensaba por la primera película de la jornada, Julie, una cinta de ver la vida pasar que parece que dure justo eso: una vida entera.

El soporífero primer largometraje de ficción de Alba González Molina cuenta la historia -lo que contar es un decir- de una chica sin pasado, presente ni futuro que acaba dando con sus huesos en una comunidad hippie con la que acabará conviviendo. Una premisa a la que sacar partido. Habría estado bien ver desde los ojos de esta figura ajena cómo funcionan este tipo de comunas de organización asamblearia y modo de vida ecologista, ver cómo se enfrentan a los problemas y conflictos reales del día a día. Pero no. La directora se centra en una protagonista que resulta tan interesante como el crecimiento de la hierba y uno no tiene nada a lo que agarrarse como espectador.


Afortunadamente la cosa ha mejorado con Gernika de Koldo Serra, superproducción de altos vuelos que se ha proyectado coincidiendo con el aniversario del infame bombardeo.

Nos encontramos aquí con el clásico esquema de peli (yanqui) de amor en tiempos de guerra que abusa de clichés -Serra no renuncia ni si quiera al beso bajo la lluvia. Ese que me ha faltado a mí antes-. Ciertamente su argumento podría haber dado más de sí, algo más político y complejo, a la altura de lo ocurrido. Pero aceptando que la película es la que es, dando por buena que su opción es tirar de romanticismo para contar la escala humana de la tragedia, cumple con creces. Un entretenimiento de primera con impecable factura técnica al que le agradezco su coherencia en el uso de los distintos idiomas de los personajes.

Y llegó Zonazine y al fin me reconcilié con la sección. A caballo entre el documental y la ficción, Kauflanders -tierra de compras en alemán- es un interesantísimo proyecto que transcribe las conversaciones de sobremesa de diversas cenas organizadas por la directora, Olaia Sendón, con amigos y conocidos durante dos años. Dicho así puede parecer un tostón, pero el buen trabajo de sus cuatro actrices, la mezcla con imágenes que evocan un pasado tan feliz y distinto al presente que vivimos, lo interesante de las reflexiones sobre éste y la inclusión, a modo de parábolas, de las falacias con las que los poderes económicos nos han hecho comulgar, me han mantenido absorto de principio a fin.

Les dejo por hoy. Mañana les cuento si mi idilio con la Guerra continúa o si por el contrario una orden de alejamiento me impide contarles el sexto día de festival.

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Andrés Robles

Paisano de Lola Flores y Bertín Osborne - ahí es nada -, Andrés Robles nació el año en que Superman alzaba el vuelo en la gran pantalla. Asegura que uno de sus primeros recuerdos de infancia es la visión de una serpiente atravesando el tacón de Marion en el Pozo de las Almas y nunca ha entendido del todo qué le ve la gente a esa galaxia "muy, muy lejana".

Licenciado en Historia del Arte y especializado en Patrimonio y Gestión Cultural - tiene hasta un máster el muchacho -, dedica todas las horas que puede a esa pasión que comenzó en un cine de verano viendo a un arqueólogo con látigo y sombrero. Desde entonces no concibe una existencia sin salas oscuras y celuloide.

Como buen crítico de cine, nunca ha escrito ni dirigido nada, y se limita a destruir el trabajo que otros han realizado con toda su ilusión - a veces hace alguna reseña buena, pero son las menos -.

Habiendo conseguido fama, fortuna y gloria hablando de lo que no sabe en esta santa casa, sus próximos objetivos vitales son tener el pelazo de Carlos Pumares y la mala uva de Carlos Boyero.

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