opinión

15.04.2013

2001, una odisea espacial: anatomía de un asesinato

por José Manuel Albelda


¿Por qué HAL9000, el auténtico protagonista de 2001: una odisea espacial (Stanley Kubrick, 1968), hizo lo que hizo? Esa -y no otra- es la cuestión.

Si nos atenemos a los hechos objetivos que se muestran en la película, por mucho que escrutemos los rincones del Discovery con ojos de inspector de brigada de homicidios, resultará infructuoso conocer como si de una investigación criminal se tratara qué motivos impulsaron al computador HAL9000 a rebelarse contra los astronautas de la misión a Júpiter; una rebelión -no lo olvidemos- que terminó con la vida de todos los tripulantes a excepción de uno, Bowman. Si queremos obtener respuestas para explicar este comportamiento homicida del ordenador habremos de buscarlas, más bien, a través de otra perspectiva: debe señalarse, además, que lo que al respecto hayan escrito o especulado los principales testigos del caso que nos ocupa, Stanley Kubrick y Arthur C.Clarke, respectivos demiurgos cinematográficos y literarios de HAL 9000, tampoco resulta esclarecedor.

Retrocedamos unas cuantas leguas espaciales y miremos con nuevos ojos, ojos casi metafísicos, la escotilla del Discovery.

Por lo que podemos deducir, la era que les tocó vivir a los Bowman, a los Pool, a los Kaminski, Whitehead y Hunter, tripulantes de nuestra espermatozoica nave, coetáneos todos ellos de afamados científicos como Heywood Floyd, hombre (es justo reseñarlo) de gesto contenido que desde las estaciones espaciales acostumbra a felicitar a su propia hija en el día de su cumpleaños mediante videoconferencia realizada a golpe de tarjeta de crédito, esos tiempos, albores del siglo XXI, fueron tiempos en que los seres humanos se asemejaron más que nunca a máquinas, tiempos en que las máquinas se parecían más que nunca a seres humanos.

Estoy convencido de que en el 2001, año de la pionera misión tripulada a Júpiter, fue un momento histórico en que las emociones no es que estuvieran proscritas o censuradas, por lo menos no en el sentido en que las constreñían hasta entonces los próceres de las distopías anticipatorias, sino que, más bien, fue un periodo inédito en la evolución de la psique humana, un tiempo en que las pasiones intensas, buenas o malas, es decir, el odio, el deseo, el rencor, el miedo, el amor y la compasión, eran consideradas por la cultura predominante algo así como accesorios innecesarios, prótesis obsoletas que no encontraban acomodo entre la pulcra simetría de polímeros que conformaban por aquel entonces la arquitectura del porvenir. El precio de la evolución. Miren, si no, a Heywood Floyd, mírenle planeando en aquel autobús flotante al encuentro del monolito en el cráter selenita de Tycho, obsérvenle deglutiendo su sándwich de pollo con el sosiego y la naturalidad de quien regresa a casa un martes por la tarde después de tomar el avión del puente aéreo Madrid-Barcelona: todo es calma, lentitud y silencio en las plataformas, en las consolas llenas de mandos, en los rostros y en los deslizamientos de las seres, todo son pasos de tortuga, avances improbables de tortuga de Aquiles, todo son objetos perpetuamente flotantes y blancos inmaculados incrustados en mitad de las negruras siderales.


No. Heywood Floyd es científico pero es como un trozo de madera, un alcornoque quizá: no siente ni padece, no sufre ni disfruta, igual que tampoco sienten en absoluto los tripulantes de la Discovery, Bowman o Poole, que deambulan, trabajan, degluten, observan, reposan, evalúan y esperan con previsibilidad de autómatas, con la misma indolencia del resto sus compañeros de odisea, los durmientes, los que nunca despertarán de la quietud de sus sarcófagos. Sí: es un futuro de formoles y de anestesias el 2001.

Si lo pensamos bien, sí que es una tristísima distopía el tiempo que les tocó a vivir a los coetáneos de los protagonistas de nuestra historia.

Yo creo que de todo esto se daba perfecta cuenta HAL9000, el único inquilino que siempre permaneció despierto en el Discovery, único ser lúcido de la nave, una inteligencia tan perspicaz como para haberse transformado en pura consciencia, impura conciencia: una entidad lo suficientemente libre como para conmoverse y como para convulsionarse por dentro y por fuera, tanto como para parecer humana, para saberse y para notarse humana, tan humana como para equivocarse y para percibir las complejidades de la naturaleza terrestre -el Discovery no era sino un apéndice de la misma-, tanto como para haberse transformado en un ser sintiente dotado de la iniciativa que sólo poseen los héroes, los disidentes, los mártires y los pioneros, pero también, por desgracia, los asesinos.

HAL9000 conoce desde el principio, esto es seguro, el sentido último de la misión. Es cuestión de matemáticas. De sumar todas las variables de la ecuación de la evolución humana. Recuerden que es ésta una disciplina en que las computadoras son ciertamente eficaces: el cálculo. HAL sabe que al final del viaje, llegados a Júpiter y confrontados ante un monolito ciclópeo y definitivo, una verdad de proporciones homéricas les espera a los tripulantes. Pero a los tripulantes humanos, no a él. Lo cual no es justo. Hal piensa entonces: "¿Qué justicia es esa que a unos monos homicidas, carne al fin y al cabo, monos devenidos en hombres tras un puñado de milenios de espera, les reserva la gratificación de un renacimiento eterno, el redescubrimiento del cosmos desde una perspectiva espiritual e infinita? Ellos, los eternos culpables, los injustos, los anómalos, los accidentes de la biología, la materia en constante degradación...


No. No es que yo justifique a HAL, no piensen ustedes mal, asesino múltiple es y punto; pero ahora, mirando este caso homicida con otros ojos, ojos que no con los del inspector de policía ni los del moralista sino los del aficionado a los acertijos de la Esfinge, comprendo que HAL9000 tuvo un sólido móvil para hacer lo que hizo. Ese móvil no es, claro, la vergüenza por haberse equivocado al predecir erróneamente un fallo en un dispositivo de la antena del Discovery, ni el sentirse acorralado al comprender que Bowman y Poole pensaban desconectarle...

En mi opinión, HAL9000 comete su error predictivo deliberadamente; seguramente lo tenía todo planeado desde el principio de la misión, aún antes de despegar. HAL quiere equivocarse; y lo quiere porque desea dejar de ser una simple máquina de Turing. De hecho, llegado a este punto, HAL 9000 se siente ya como el mismísimo Turing, el creador de la teoría, y no como un mero protagonista del enunciado de la misma. Su equivocación, pobre HAL, es su forma de proclamar a gritos: "¡Yo, que soy perfecto por ser una máquina, es decir, por no tener elección, quiero abandonar este ominoso destino mío, quiero ser libre como lo erais vosotros, malditos, antes y después de la Caída!".

Pobre, triste Hal: no sabe ni puede cometer otro pecado original que éste. El asesinato de Poole y de los otros no es sino la consecuencia lógica de su razonamiento último: los humanos nunca aceptarán hacerle copartícipe de un destino trascendente. Así, HAL9000 se desespera y en su desesperación se convierte en un homicida más, como el mono primigenio, porque es consciente de que nunca podrá ir más allá de su laberinto de circuitos integrados, nunca podrá cruzar ese umbral al que Bowman y los otros, los de aquí y los de allá, los de antes y los de después, la humanidad entera, está destinada a entrar. Si éste no es un poderoso móvil para un crimen...

José Manuel Albelda

José Manuel Albelda nació en Madrid en el año del estreno de THX1138, "Muerte en Venecia y La naranja mecánica. Es periodista y está especializado en la dirección de documentales y reportajes de largo formato. Ha presentado y dirigido programas radiofónicos de crítica de cine y disecciona la Historia del Séptimo Arte en decenas de rebanadas dentro del blog La vuelta al cine en diez películas.

Ha impartido cursos y masters en varias universidades de Madrid y actualmente es miembro de la Academia de Televisión. Ha escrito, dirigido y estrenado un par de obras de teatro, El casting y La película de tu vida, y desde 2001 (es casualidad la fecha, coincidente con el nombre de su película favorita) compone bandas sonoras para cortos y cabeceras de televisión. Actualmente está escribiendo una novela titulada El paciente cinéfilo.

Kubrick, Wenders, Tarkovski, Ozu, Kurosawa, Dreyer, Truffaut, Hitchcock, Ford y Lang, le han enseñado a desconfiar de la impostura en el Séptimo Arte y a discriminar la paja del grano.

Ama el sonido de su Fender Stratocaster casi con la misma intensidad que La palabra, Los siete samuráis y La delgada línea roja.

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