opinión

20.03.2013

El nuevo clasicismo cinematográfico

por Lakshmi I. Aguirre

El cine ha comenzado a mirar atrás como nunca antes lo había hecho. La turbulenta realidad contemporánea ha encendido en los cineastas la nostalgia por un esquema cinematográfico anterior que recupera una línea de pensamiento clasicista en el binomio narración-imagen.



Los fantasmas de los maestros se han ocultado siempre entre las líneas de guión, en planos y encuadres, en personajes que comparten un nombre que en otro tiempo tuvo otra cara, otra voz. Es fácil encontrar en el cine de Scorsese referencias a Meliés o a Raoul Walsh (The roaring twenties -Los violentos años veinte , 1920- es homenajeada en Goodfellas -Uno de los nuestros, 1990-); o en el de Spielberg, a John Ford o a Samuel Fuller (The quiet man -El hombre tranquilo, 1952- es la película que ve emocionado ET, y La casa de bambú -House of bamboo, 1955- acompaña a Tom Cruise durante su retorcido postoperatorio en Minority report -2002-).

The artist (Michel Hazanavicius, 2011), Hugo (La invención de Hugo, Martin Scorsese, 2011) o Midnight in Paris (Woody Allen, 2011) son algunas de las últimas películas que se han aventurado en los senderos de la nostalgia, tratando de recuperar las figuras de quienes nos han colocado en el lugar en el que nos encontramos artísticamente. Otros, como Aki Kaurismäki o Peter Docter -ejemplificación ecléctica donde las haya-, invitan al recuerdo desde la sutileza e incluyen en sus filmes pequeños homenajes, que en el caso del director finés se traducen en la inclusión de una versión de la escena final de Casablanca (Michael Curtiz, 1942) en Le Havre (2011), y en el del director de Monstruos S.A. (Monsters, Inc. , 2001) la figura de un personaje -la novia de Mike Wazowski- con la cabeza de medusa que el excelente especialista en efectos Ray Harryhausen creó para Clash of the titans (Furia de titanes, Desmond Davis, 1981).

Como escribió Paul Valéry en sus Cuadernos, "todos nuestros pensamientos son recuerdos en combinaciones". El cine contiene en su propia esencia la intención de plasmar, guardar, conservar las sensaciones, la emoción de la acción, y entre esos recuerdos no pueden faltar todas las imágenes en celuloide que han compuesto nuestro imaginario cinematográfico.



Igual que Billy Wilder homenajeaba constantemente a su maestro Ernst Lubitsch -uno de los ejemplos más claros es el de la película Love in the afternoon (Ariane, 1957), con las puertas que se abren y se cierran sin dejarnos ver lo que ocurre dentro de la habitación del hotel Ritz de París- los cineastas desaparecidos que ahora añoramos, añoraron a su vez a sus predecesores. No hay mejor prueba de ello que Midnight in Paris (2011), en la que Woody Allen se vale de algunos de los más importantes escritores y artistas de diferentes décadas como Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Gertrude Stein o Toulouse Lautrec, para viajar en el tiempo y demostrar que todos y cada uno de ellos, en algún momento, alabaron a su vez épocas pasadas.

Lo que ahora vemos en la gran y pequeña pantalla no es más que una combinación de lo que otros crearon con anterioridad. No es difícil, asimismo, identificar los mitos griegos en los argumentos de buena parte de nuestras tragedias fílmicas modernas, al igual que muchas de nuestras películas contemporáneas despiertan bajo esquemas tan clásicos como el de La Cenicienta.

Más allá de lo anecdótico, esta regurgitación fílmica -al modo en el que lo hacen los pájaros para alimentar a sus crías, los espectadores- no se percibe solo en el contenido: también en la forma. El cine ha optado por echar la vista atrás y ha dejado de lado buena parte de los barrocos artificios de las nuevas tecnologías para dar paso a un lenguaje cinematográfico más austero, como el que se puede encontrar en cualquiera de las películas de Clint Eastwood -quizá el último clásico vivo-, Woody Allen o en un thriller tan impactante, precisamente por su sobriedad, como Drive (Nicolas Winding, 2011), por poner solo algunos ejemplos. Mientras que la balanza de los filmes más avanzados tecnológicamente está descompensada, el nuevo cine clásico equilibra la utilidad con la forma, con ese deleite visual que nos conecta a la emoción.



Quizá volver la vista atrás y buscar el verdadero sentido de las cosas sea la única manera de avanzar culturalmente. Si durante los Siglos de Oro la mirada de la intelectualidad se dirigió hacia el mundo grecolatino, hoy nos concentramos en los años en los que el cine no era más que un experimento para encontrar buenas ideas, ejemplos a seguir en un momento en el que estos han desaparecido físicamente del mapa.

Aun así, la imposibilidad de partir de cero no debería influir en la confianza de críticos y espectadores en la capacidad creativa de nuestros nuevos cineastas. Ellos tampoco deberían olvidar lo que el poeta moguereño Juan Ramón Jiménez escribió sobre el arte de la creación: "Ni más nuevo ni más viejo: más hondo".

El hombre tranquilo - Minuto 0:45

Lakshmi I. Aguirre

Lakshmi Iglesias Aguirre (Eibar, 1984), es redactora jefe de la revista digital de cultura Tertulia Andaluza (tertuliaandaluza.com), además de formar parte de varios gabinetes de prensa.

'El hombre tranquilo', 'En un lugar solitario', 'El Apartamento', 'Los Profesionales', 'El Bazar de las Sorpresas'... la obligaron a amar el cine. Cortázar la empujó a escribir, lo que le ha llevado a ganar varios premios de relatos.

En 2009 editó el libro 'La mujer en la sombra: lo femenino en el cine fantástico y de terror' para la Semana Internacional de Cine Fantástico y de Terror de Estepona, y escribió uno de los capítulos sobre 'La Mujer Pantera', de Jacques Tourneur.

Su antiguo pastor inglés, Atticus Finch -en homenaje al maravilloso personaje de Gregory Peck en 'Matar un ruiseñor'- la acompaña a todas partes y comparte con ella su pasión por el cine, es decir, la vida.

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