opinión

17.02.2012

Mirarse en el espejo: cine sobre cine

por Lakshmi I. Aguirre

La última película de Michel Hazanavicius, The Artist, ha vuelto a llevar a la gran pantalla una de las fijaciones del cine: la de hablar sobre sí mismo. El cine en el cine ha sido preocupación y motivo de reflexión para decenas de cineastas. Desde Buster Keaton hasta David Mamet, los entresijos de esta industria -que parece tener más monstruos que dioses- han sido retratados en películas que ya forman parte del imaginario popular y que son testimonio de una realidad que, como muchas otras, ha conseguido colarse a través de las grietas de la ficción.



Maestros de la talla de Vincente Minnelli y Billy Wilder ya retrataron la faceta más sórdida de esta disciplina cuando apenas era una adolescente. En su The bad and the beautiful (Cautivos del mal, 1952), Minelli realizó un magnífico retrato de las miserias de la industria hollywoodiense, que tendría su continuación una década después en Two weeks in another town (Dos semanas en otra ciudad, 1962). En ellas, Kirk Douglas interpreta a un productor de cine -Jonathan Shields- que olvida la lealtad y la conmiseración en su camino hacia el éxito.

Billy Wilder, por su parte, consiguió con Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses, 1950) una visión ácida y amarga sobre la caída en el ostracismo de una estrella y sobre lo efímero de la cultura, en concreto de la americana. No deja de sorprender cómo un austríaco arribado a Norteamérica acaba ensartándole la evidencia a la industria en su propio terreno.

No todas son dramáticas: Ed Wood (1994), de Tim Burton, ofrece una mirada sencilla y emotiva sobre un personaje que amaba el cine sobre todas las cosas, sobre un amateur que nunca dejó de serlo; State and Main (David Mamet, 2000) -con una soberbia, como siempre, Rebecca Pidgeon- se centra en la mezquindad del Hollywood actual en el que los productores solo entienden de números, y no de cine, en un tono satírico.



En la línea del vitalismo y el entusiasmo, la más destacada es, sin duda, Singin' in the rain (Cantando bajo la lluvia, 1952). Stanley Donen plasmó el duro cambio del mudo al sonoro y una nueva forma de entender ese arte que ya era el cine -gracias a maestros como Griffith o Murnau-, en este musical tragicómico que responde a un volver a empezar para el que muchos no estuvieron, ni quisieron, estar preparados: el momento en el que nacieron, precisamente, las Norma Desmond de Sunset Boulevard.

Junto a Mamet, otros directores americanos han puesto su mirada en el actual Hollywood dominado por compañías alejadas, a priori, de la industria del celuloide. Robert Altman y su The Player (El juego de Hollywood, 1992) nos muestran con socarronería y escepticismo cómo las películas se despachan en un rápido almuerzo en un restaurante de Los Ángeles; los hermanos Coen con Barton Fink (1991) revelaron el tortuoso trabajo de escribir para el cine -como ya hiciera Nicholas Ray con la magnífica In a lonely place (En un lugar solitario, 1950)-; Bogdanovich y su Nickelodeon (Así empezó Hollywood, 1976); Woody Allen y Stardust memories (Recuerdos, 1980) o Hollywood ending (Un final made in Hollywood, 2002); Tom DiCillo y Living in Oblivion (Vivir rondando, 1995); el tour de force sobre el montaje cinematográfico como elemento que diferencia al teatro del cine en Fake (Fraude, 1973) de Orson Welles...



Numerosos cineastas se han acercado a esta temática. Uno de los críticos de la prestigiosa Cahiers du Cinéma, ya como director consagrado, homenajeó con ternura y devoción las películas que forjaron su personalidad. Con La nuit américaine (La noche americana, 1973), François Truffaut rinde tributo al cine que siempre le hizo feliz. En ella, él mismo, como Ferrand, admite: "Las películas son más armoniosas que la vida: no hay ni embotellamientos ni tiempos muertos. Las películas avanzan como trenes en la noche. Las personas como tú y como yo estamos hechas para ser felices en el trabajo, en nuestros trabajos de cine".

Otro acercamiento europeo a las entrañas de un rodaje lo encontramos en el opulento y excesivo Federico Fellini y en una de sus grandes obras: 8 ½ (1963). Una mirada onírica y megalómana sobre la magia del cine y su poder evocador.

Dejando atrás otros títulos referenciales de este género en sí mismo que es el cine dentro del cine, podríamos mencionar un documental español que nos relata, casi cincuenta años después, el espíritu de un rodaje y la repercusión social que puede producir. Innisfree de José Luis Guerín (1990) bordea con admiración las aristas de la creación fílmica a través del pasado, del presente y del futuro de unos autores, de un paisaje y de una historia que perviven en la memoria colectiva de una sociedad, en este caso de un pueblo irlandés, que no volvió a ser la misma desde que la cámara de John Ford intentara captar su vida en 24 fotogramas por segundo. Hablamos, como no, de la deliciosa The Quiet Man (El hombre tranquilo, 1952).



Igual que Paul Auster reflexiona siempre sobre el acto de escribir en sus libros -y en su malograda película The Inner Life of Martin Frost (La vida interior de Martin Frost, 2007)- el cine no puede evitar ser autorreferencial y volverse sobre sí mismo. No debemos olvidar que la intertextualidad cinematográfica es, además, un reclamo para los espectadores, que ven satisfecha su curiosidad por conocer las luces y las sombras de un mundo fundamentado en la imagen. De esta manera, se convierten en voyeurs a dos niveles: como audiencia ante la pantalla, y como espías de una verdad inherente a esta.

¿The Artist será recordada en dos décadas como una película imprescindible sobre el cine? La sombra de Cantando bajo la lluvia es demasiado alargada, y la película de Hazanavicius se acerca, peligrosamente, a otros filmes que han demostrado la capacidad, genuina, de mirarse en el espejo.

Lakshmi I. Aguirre

Lakshmi Iglesias Aguirre (Eibar, 1984), es redactora jefe de la revista digital de cultura Tertulia Andaluza (tertuliaandaluza.com), además de formar parte de varios gabinetes de prensa.

'El hombre tranquilo', 'En un lugar solitario', 'El Apartamento', 'Los Profesionales', 'El Bazar de las Sorpresas'... la obligaron a amar el cine. Cortázar la empujó a escribir, lo que le ha llevado a ganar varios premios de relatos.

En 2009 editó el libro 'La mujer en la sombra: lo femenino en el cine fantástico y de terror' para la Semana Internacional de Cine Fantástico y de Terror de Estepona, y escribió uno de los capítulos sobre 'La Mujer Pantera', de Jacques Tourneur.

Su antiguo pastor inglés, Atticus Finch -en homenaje al maravilloso personaje de Gregory Peck en 'Matar un ruiseñor'- la acompaña a todas partes y comparte con ella su pasión por el cine, es decir, la vida.

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