opinión

26.08.2011

Sarpullidos de intransigencia

por Biktor Kero

Muchas veces me encuentro en la dolorosa tesitura de tener que lidiar con mucha gente, incluso gente del mundillo (Def. El mundillo: pequeño planeta de cinéfilos de personalidades singulares que cohabitamos entre nosotros, de forma real o virtual), a la que le gusta criticar, con la fiereza de un depredador saboreando su presa, películas a destajo. Sobre todo, aunque no exclusivamente, películas independientes o de autor. Y yo me pregunto: ¿por qué me salen espinillas en lugares tan raros? Pregunta que no tiene nada que ver con el tema. ¿O sí?

Es un hecho. Lo de los granos, digo. Puede que sean una reacción alérgica ante la intransigencia. Un mecanismo de alerta contra el despotismo. Puede que a esos granos les irrite, igual que a mí, que haya tanta gente que no sepa disfrutar del cine en sí mismo. De tantas formas de cine, de hypercine, de metacine y también, sí, por qué no, de infracine. Hay que aprender a vivir las películas, no sólo verlas. Hay que educar a sacarles el jugo. Hay que enseñar a aprender a no ver, sino mirar. Pero sobre todo hay que abrir la mente, señores, que corra el aire entre esos resecos pliegues cerebrales. Que se ventile esa masa de carne, que si no luego huele a cerrado y no hay quien se acerque.

¿Y este sarpullido que me ha salido detrás de la la oreja? Ah, sí, me suele ocurrir. Es mi alergia a la crítica sistemática. Al odio porque sí. Un eccema causado por el desprecio generalizado de lo incomprensible. Igual que el patriota que desprecia, por inercia, a alguien del país vecino por el mero hecho de no entender su idioma o de que coma cosas raras y rece a una deidad diferente (como si realmente fueran distinta cosa).

"Anticristo" del cineasta usualmente criticado Lars Von Trier.


Criticar por criticar es pasar por alto esos dos importantes elementos que posee una expresión artística: intención y contexto. Los dos pilares donde se asienta el monumento de la creación. Para poder criticar algo con fundamento, habría que medirlo siempre bajo estos dos sistemas métricos.

El contexto es, casi, el factor más importante a la hora de apreciar cualquier expresión artística. El contexto es el mar en el que la obra se zambulle, con alegría o por obligación, y donde flota a la deriva. El contexto justifica casi cualquier atributo, y también cualquier defecto, de una pieza X, inherente al momento Y donde surgió, la época Z, el estado Ç de los artífices de la misma y las condiciones R y H. Quedando así la fórmula X+Y+Z+Ç+R+H= algo único. Algo digno de consideración, por muy atípico que nos parezca.

El segundo elemento definitorio que delimita las fronteras de la unicidad de una obra es: La intención. Ese estado de deseo febril de alguien que necesita expresar ideas, ese movimiento precursor de todo que nace de una voluntad humana y provoca la cadena de acontecimientos encauzados hacia un objetivo concreto: comunicar algo. Sea lo que sea, venga de donde venga.

Obviar estos dos conceptos es, simplemente, no implicarse. Es buscar el camino fácil.

Como fácil es criticar el cine de autor, el cine experimental, el alternativo, el contemporáneo, el vanguardista, etc. ¿Por qué es fácil? Porque basta con decir "no lo entiendo" para tirar por tierra meses, años de trabajo de un autor y todo su equipo que quisieron remodelar las ideas para hacerlas frescas de nuevo y sorprender. Para no estancarnos como sociedad. Lo sencillo es no esforzarse por comprender las diferentes lecturas que aparecerían como textos escritos en tinta china al mirar con la lupa de la curiosidad. Más fácil es decir "vaya mierda de película" y escurrir el bulto de la ignorancia o la desidia.

No quiere decir esta premisa que todas las obras sean maravillosos copos de nieve cayendo gráciles con parsimonia desde el cielo de los Dioses como regalos divinos para la plebe terrenal. Por supuesto que hay películas donde el exceso de contexto y la carencia de intención contaminan la pureza de una obra, creando aberraciones dignas de museos de despropósitos con precio de entrada superlativos. Pero hasta esas aberraciones tuvieron un motivo y un momento donde ocurrieron, tiempo y esfuerzo para obtenerlas y muchas ideas plasmadas. Hay que reconocer este hecho también, pues de todo se puede sacar algo de provecho.

Y es que las cosas no son blancas o negras, sino que precisamente los grises son lo más interesante que se esconde entre lo uno y lo otro. Y hay muchos, muchísimos matices en una escala de grises. El que ve sólo blancos o negros es que necesita un reajuste de señal del único canal de su mentevisor. Hay que ser receptivos. Dejar los prejuicios en el perchero de la entrada. Sentarse en la butaca con el sombrero verde puesto. Desfruncir lo único fruncible del cuerpo. Y sobre todo, en la medida de lo psible? Relajar esos (esfínteres) traseros.

Una sala de cine abarrotada de gente con ganas de ver historias en la gran pantalla.
Una sala de cine abarrotada de gente con ganas de ver historias en la gran pantalla.


Historias y sentimientos, que es lo único que cuenta en el cine, y su forma de transmitirlos. Muy pocos ingredientes para tan magnánimo acontecimiento. Y la magia se abre camino dentro del rectángulo que muerde la oscuridad de la sala y de nuestros propios pensamientos entre las cuatro paredes (un suelo y un techo) del cine. Poder vivir un momento tan inmenso cada día, al alcance de nuestras manos, es alucinante. Casi obsceno. Pero, indudablemente, un lujo a valorar. Craso error menospreciar el poder de una idea. Nefasta actitud la de odiar una película, la que sea, porque es odiar al cine en sí mismo y todo lo que representa.

De todos modos, esta parrafada es sólo una opinión, una de tantas. La mía (o la de mis espinillas). Y tiene exactamente el mismo, reitero, el mismo valor que la tuya. O que la tuya. E incluso que la tuya, sí, no te hagas el despistado, que la tuya también.

Ni más, ni menos.

Igual.

Biktor Kero

Biktor Kero lleva vinculado al mundo cinematográfico desde los 20 años, cuando comenzó a estudiar en la escuela de cine Séptima Ars, en Madrid. Allí dirigió su primer cortometraje en 16mm Y sin embargo (2002).

En Londres vivió durante otros 3 años, donde tuvo la oportunidad de estudiar en la London Film Academy y participó en diferentes proyectos de cortometrajes y videoclips como director, ayudante de dirección y montador. Además, dirigió su segundo cortometraje A beat of Reality (2005).

Volvió a su tierra natal, Málaga, en 2006 para continuar realizando cortometrajes como El reencuentro de Alicia (2008) y Un pequeño detalle (2011) y videoclips para agrupaciones como Santos de Goma, Gastmans o The Wheel & The Hammond. Durante los sucesivos años ha trabajado en diferentes productoras audiovisuales como Euromedia Productions, Cedecom e Infodel Media y ha creado su propio estudio de post-producción: Emotioner.net

Actualmente trabaja en como jefe del departamento audiovisual de la marca Ozone Gaming y se encuentra en proceso de promoción de su nuevo cortometraje Paraiso Beach (2014), un cortometraje pos-apocalíptico sobre dos exploradores en un futuro sin esperanza (en distribución actualmente a través de Jóvenes Realizadores) y por el que recientemente ha ganado el premio a Mejor Director en la sección Cortometraje Málaga del 17 Festival de Málaga. Cine Español.

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